Hace unos días, mientras veía una película cuyo nombre ni siquiera recuerdo y que, en retrospectiva, creo que ni siquiera trataba sobre el tema del título, me asaltó la idea de que, en la vida real, esos romances pasionales y acelerados que llevan a matrimonios antes de tiempo suelen morir poco tiempo después de concluida la luna de miel.
Y pensando en lunas y mieles, recordé la mía que, gracias a un ataque de alergia monumental, terminó en los libros de las “grandes tragedias familiares”, en sentido figurado y proporciones guardadas, por supuesto, ya pasarse un fin de semana completo estornudando en realidad no califica de tragedia. A la par regresaron aquellas dos semanas en un pueblo de Italia cuyo fin fue celebrar un cumpleaños terminado en cero o en cinco y que constituyeron una luna de miel, en todo el sentido de la palabra, luego de más de cuarenta años de matrimonio.
La cadena de recuerdos me llevó al famoso poema de Amado Nervo, aquél que lee “que si extraje las mieles o la hiel de las cosas, // fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas”, porque no hay matrimonio en el que, además de las mieles, se decanten hieles también, porque eso de que uno anda con dulzura perpetua no es cierto. Pero si así fuera ¡cuán empalagoso!
Mientras daba vueltas por la casa, visité y revisité aquella carrera de obstáculos que ha resultado la vida. Obstáculos que aprecio, pues fortalecen el músculo emocional tan necesario para la supervivencia. Con cada uno que se supera se multiplica el regocijo, la sensación de triunfo, la alegría de saber que “uno puede”.
Estas conclusiones me causan gracia pues, en términos generales, las dificultades suelen verse como algo malo, pero cuando alguna nochecita me siento con mi esposo en el silencio del nido vacío y nos reímos de lo mucho que nos hicieron sufrir aquellos inconvenientes y lo insignificantes que lucen hoy frente al gran panorama de la vida, nos damos cuenta de que, si hubiéramos estado menos ofuscados por la falta de perfección en el momento, no nos hubiéramos ahogado en tantos vasos de agua.
Vale más la pena reconocer que aquellos triunfos son parte integral de la verdadera luna de miel, esa que uno vive cuando ha aprendido a evaluar las cosas por su justo valor. Cuando se prefiere caminar en paz en lugar de andar por la ruta de las emociones que puede ser engañosa. Y, además, como en mi familia hay una leyenda urbana ligada a la luna llena, conviene analizar bien cuanto queremos andar buscando lunas, aunque traigan mieles.
Espero que no malinterpreten estos pensamientos pues, definitivamente, abrir la etapa de una vida compartida debe hacerse con ilusión, con sueños a flor de piel, con una sonrisa en los labios. Pero, ojo, no podemos quedarnos estacionados en ese punto. Las relaciones deben evolucionar, adaptarse a los cambios que es seguro que llegarán, pues los personajes de estas historias jamás permanecen inamovibles. Así son las cosas.
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