No se si ustedes, al igual que yo, habrán notado que hay días en que uno amanece medio nostálgico. A la mente llegan al azar momentos vividos, no necesariamente importantes, sencillamente líneas de tiempo por las que alguna vez caminamos.

A mí eso me pasa con frecuencia, como habrán notado en estas páginas en las cuales me tomo el atrevimiento de imponerles esos recuerdos. ¡Qué le vamos a hacer! Ellos llegan y yo tengo que hacer algo con ellos. Con los años dejé de preguntarme sobre las razones de esas visitas y sencillamente comparto un rato con dichas memorias. Si tengo a mis nietos alrededor no se salvan de escucharlas.

Como les he dicho, no hay orden ni disciplina para su aparición. Por ejemplo, el otro día estaba en el supermercado —ni siquiera en la farmacia— y me detuve frente a la tablilla en que habitan ochocientos modelos de curitas. No pude evitar quedarme mirándolas. Había de todos tipos y tamaños. Largas, cortas, redondas, creo que, hasta triangulares, pero no lo podría jurar. Con estos muñequitos y con aquellos, con rayas, bolitas, estrellas y quien sabe cuántas cosas más, color carne, transparentes, fosforescentes (me imagino que para encontrar al herido en la noche) y, por supuesto lo primero que se me vino a la mente fue: cuando yo era niña todas las curitas eran color crema/piel.

Entre sus cualidades —o defectos— estaba el hecho de que se pegaban de tal manera que removerlas dolía más que la cortada que cubrían. En un replay de las “heridas” que sufríamos los chicos que crecimos en la década del ´60 me veo aterrizando en el piso de concreto al perder uno de los patines que ajustaban al zapato con una llave y que en menos de dos vueltas se aflojaban y uno ´pandán´, rodilla raspada, mamá limpiando y poniendo Merthiolate un líquido naranja intenso que ardía horrores, pero ayudaba a secar la herida (no se preocupen que ya no lo venden) y todo el proceso se sellaba con una curita, que aunque a veces no cubría toda la raspada pues ahí va.

Este era un proceso rápido y muchas veces ni ocurría pues preferíamos seguir con la rodilla raspada chorreando sangre y agua antes de que nos “curaran”, pero aun si éramos sometidos a la curación, la actividad de patinaje se reanudaba de forma instantánea. ¿Llorar por el aterrizaje? No recuerdo grandes episodios de llanto pues de ocurrir casi siempre se terminaba la diversión del patinaje así es que mejor hacerse el chivo loco y ya en la noche rendir cuentas de todas las heridas de guerra durante la cena o cuando fuera que los padres las notaran. Concluyo que los muchachos éramos como de ´boligoma´ —caer, rebotar y seguir—. Creo que eso ha cambiado mucho, pero no me meto con los métodos de crianza modernos pues eso es responsabilidad de quienes viven con los chiquillos. Ya yo puse o quité todas las curitas del caso.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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