¡Suspiro! Porque cuando recuerdo que alguna vez al llegar a un restaurante lo primero que llegaba a la mesa era una canastita de pan. ¡Y era gratis! Algunos eran buenos y otros no tanto, pero para los hambrientos todos sabían a gloria. Y si uno quería más, pues lo pedía y listo.

Todavía quedan unos cuantos sitios donde el pancito llega sin que uno lo pida. Son pocos, pero los hay y eso me hace recordar que la primera vez que pagamos por una canasta de pan fue en Tokyo, Japón, hace decenas de años. A mí me impresionó mucho esta costumbre, sobre todo porque habíamos ordenado unas sopas de entrada, y quién ha visto que uno puede tomar sopa sin pan. Recordamos en aquel momento que en Japón absolutamente todo era caro o nosotros éramos absolutamente pobres o una combinación de ambas. Ahora el evento nos hace reír.

No me molesta pagar el pan, especialmente cuando me ofrecen alguno de aquellos deliciosísimos que despiertan en uno el afán de seguir pecando. Lo que ocurre es que, a la par del pan que suma en la factura, un millón de cosas más han dejado de ser accesibles, monetariamente hablando.

Del combustible ni hablo porque eso ya es harina de otro costal, o de otro barril sería más apropiado decir. Siendo joven y aprovechaba las tardes de los domingos para “dar vueltas por la Balboa”. Para los que no estuvieron presentes durante el siglo pasado, la práctica consistía, literalmente, en ir de un lado a otro de la Ave. Balboa con algún “vigía” cuya tarea era avisar sobre la presencia de algún personaje interesante que ameritara un retorno anticipado. No le hacíamos daño a nadie, pues el galón de gasolina no pasaba de treinta y cinco centavos. ¡Exacto, pelen los ojos! Eso terminó a finales de 1973 con la crisis del petróleo que generó, inclusive, el establecimiento de un límite de velocidad en carreteras en Estados Unidos de cincuenta y cinco millas por hora. Cosas del pasado.

A la par del galón de gasolina de treinta y cinco centavos estaba el ciento de naranjas injertadas por un dólar, y criollas por cincuenta centavos; el ´recao´ verde se vendía en fracciones de un real y la carne se podía comprar hasta para los perros: jarrete, claro, pero es que, como ahora se llama ossobuco, cuesta lo mismo que el filete. Es que nos hemos puesto muy finos e internacionales. La pizza de los domingos la podíamos disfrutar por tres dólares o menos y la soda costaba un real, pues, aunque pagábamos diez centavos, al devolver la botella nos reembolsaban cinco centavos, con los que podíamos comprar una paleta o un raspao.

De los colegios no hablaré, pues, como en mi familia éramos muchos, tanto en los colegios de varones como en los de mujeres, solo los dos primeros pagaban colegiatura completa. Los de abajo poco o nada. Me ataca la nostalgia de cuando el pan era gratis.