En mi familia inmediata corre una leyenda —en realidad varias, pero hoy me concentro en una— según la cual las mujeres no lloran. En cierta medida, es cierto en algunos casos, el mío incluido, pero eso del llanto es algo relativo.
Desde muy niña he sufrido de alergias insoportables. Gracias a Dios no incluyen alergias alimenticias, pero el universo que me rodea desde siempre me hace estornudar, ocasiona que me piquen los ojos y otras molestias del ramo. Como consecuencia, por años pasaba el día con los ojos llenos de lágrimas. Tenía los lagrimales tapados, según diagnóstico de mi otorrino adorado, el Dr. Manolín Preciado.
Cuando me preguntaban por qué estaba llorando, tenía que dar toda la explicación científica de que las lágrimas salían, pero no tenían cómo volver a entrar por el conducto que las drena y quedaban allí acumuladas haciéndome lucir siempre como un alma en pena. Supuestamente, unos masajes en la esquina interna del ojo debían ayudar, pero si alguna vez se destaparon no me di cuenta. Sencillamente me acostumbré al lloriqueo sin razón.
Por años de años me movía con una caja de Kleenex —de las grandes— a todos lados. Había que dar buena cuenta de los estornudos y de las lágrimas, razón por la cual en el colegio esta costumbre me dio cierta fama. Estoy consciente de que los pañuelos desechables pueden empeorar las alergias respiratorias, pero andar con una decena de pañuelos mocosos encima tampoco me parecía una solución. De niña sobrevivía relativamente bien porque no estaba expuesta al mundo de los aires acondicionados, pero el día que entré al salón de quinto año de secundaria con su aire helado supe que mi vida se complicaría.
Cada vez que veo la imagen de Alicia y su mar de lágrimas inundando aquella habitación donde difícilmente lograba acomodarse dado que había crecido a un tamaño enorme, pienso que mis lágrimas bien podrían haber llenado espacios similares. En esta tercera edad el lagrimeo está mejor.
Como saben hay lágrimas de tristeza y también las hay de alegría, de rabia y quién sabe para cuántos sentimientos más, pero yo quiero aclarar que no todas las lágrimas son líquidas. El hecho de que no se derrame agua con sal por los ojos no implica falta de llanto. Yo, por ejemplo, prefiero las tristezas silenciosas a aquellas escandalosas. Quiero también dejar en acta que mis llantos líquidos suelen aparecer durante ciertas películas.
Es más, me fascinan las películas de lloradera. Que soy extraña, sí, lo reconozco. Nunca he negado que funciono diferente a otros humanos, pero el sistema me funciona y creo que a los setenta y un años no me apetece buscar uno nuevo. Aquellos cercanos a mí saben muy bien que, en lugar de lágrimas, a las que no les veo gran utilidad, yo les entregaré las ayudas que necesitan, compañía y hasta un plato de sopa si eso es lo que prefieren. Honestamente, creo que es más práctico que sentarme en una esquina a llorar.
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