Mis hermanos y yo crecimos casi, casi en el monte. Por muchos años vivimos en una casa en el barrio de Miraflores cuando las viviendas eran pocas y distanciadas. Teníamos un patio grande y, como estaba rodeado de “nada”, convivíamos con toda clase de bichos y alimañas. Una de nuestras diversiones en los ratos libres era hacer carrera con “toritos”, unos bichitos negros, redonditos que, asumo yo, deben pertenecer a la familia de los escarabajos o algo por el estilo.
Cuando no encontrábamos toritos, nos distraíamos pescando en el desagüe de la pequeña piscina que había en el patio. Bueno… hasta que descubrimos que la pesca consistía en gusarapos y no peces. Cazábamos mudas de cigarras para ponerlas de adorno en la camisa y, si lográbamos atrapar al insecto vivo, le buscábamos oficio.
En las pescas y cacerías que nos llevaban al monte verdadero sufríamos los ataques de chitras y jenjenes y no había campo para quejas so pena de no volver a ser invitados a estas aventuras. No me molestan los bichos. Es un hecho comprobado. Puedo matar cucarachas, atrapar grillos verdes para acceder a la buena suerte que traen, deleitarme con las luciérnagas y su luz tintineante o ayudar a una mariposa chocolate enorme a salir de la casa sin sufrir una crisis de nervios.
Aparte de ser valiente para los bichos, soy maluca ante esos comentarios que la gente hace sin darse cuenta de que tienen otros significados aparte del que ellos creen que están transmitiendo. El otro día, por ejemplo, estando en la finca, con todos los insectos que tienen a bien visitarnos al atardecer, mi esposo, muy amablemente, me dice: “He tenido mucha suerte de haberme casado contigo porque no le tienes miedo a los bichos”. Nada pues. Un comentario inocente a las seis de la tarde, solo que yo le volteo el pastel para contestarle: “Ah, o sea que mi mejor atributo es no tenerles miedo a los bichos”. Fue pura maldad pues yo sé que él ve otros, pero no hay que desperdiciar la oportunidad de reírse con el maridito.
Como ya les he confesado que soy maluca, seguí torturándolo por un rato más y, como me conoce, no se queda mudo ante estas situaciones. Por supuesto que ambos sabemos que son tan solo un relajo y que, aunque el comentario se vuelva a reclamar más adelante en algún otro contexto, no es para herir sino para reírnos juntos. Esa es la bendición de haber cultivado una comunicación efectiva y directa. Esa es la bendición de entender que detrás de todos los relajos hay respeto y que ese respeto no se violará jamás.
Esa noche, luego de acostarnos, me reía sola del incidente y fue entonces cuando apareció el título de este artículo. Me levanté para anotarlo pues ya me ha ocurrido otras veces que estas inspiraciones de medianoche se evaporan con la llegada de la madrugada y no me está gustando. Voy a tener que inventarme algún truquito para que las ideas dejen de escaparse.

