Hay días, y a veces temporadas enteras, en que uno anda como en una especie de nostalgia. Cualquier detalle le recuerda a uno algún evento que lleva guardado en esos recovecos del alma que se esconden, pero nunca se pierden. Así me ha pasado en estos días con el Camino de Santiago. Ya saben que soy repetitiva en lo que a ese tema se refiere.
Y la añoranza despertó de la nada por una foto que me salió en alguno de esos sitios que guardan recuerdos y se los espetan a uno sin avisar cualquier martes del mes. Como si no fuera suficiente, la vida me puso a pensar en las ganas que siempre tengo de hacer Camino, la semana pasada llegamos a la finca apuraditos y con hambre y luego de preparar el almuerzo para mi marido y los trabajadores que rondaban por aquí, me encontré en la despensa una enorme lata de duraznos.
No es algo que comúnmente tengo a mano, y menos duraznos españoles, que como saben, son muy distintos a los gringos. Los primeros son más firmes, me da la impresión de que menos procesados. El caso es que abro la lata y tan pronto empiezo a saca aquellas enormes frutas bien bañadas en un almíbar, que es menos dulce que el gringo, y quizás por eso me gusta más, me trasladé a Itero de la Vega, una pequeña localidad que no llega a tener 200 habitantes. Esa cuenta aumenta en temporada de Camino pues hay varios albergues para recibir a peregrinos.
Llegué un 2 de octubre de 2010 al albergue municipal, un destino modesto con apenas ocho o diez camas, un pequeño espacio atrás al que había que acceder saliendo de la estancia principal. No recuerdo que tuviera enseres y, si los tenía, no podíamos usarlos. Era sábado y no había ningún comercio en los alrededores donde pudiéramos adquirir algo para comer. Al poco rato la hospitalera nos indicó que todo estaba cerrado. Creo recordar que los dueños habían dejado el pueblo para ir a una boda en otro pueblo cercano.
Los poquísimos peregrinos que llenamos la sala le rogamos que nos trajera algo de comer y aunque nos costó convencerla, finalmente accedió. Al rato llegó con lo que nos pareció el banquete más espléndido que habíamos disfrutado, no por extravagante sino por el cariño que traía aquella olla de caldo acompañada por dos tortillas de patatas y una lata gigante de duraznos en almíbar.
Como quien reparte la última cena, distribuimos los manjares entre los presentes y, sin saber que a la medianoche aparecería otro peregrino, guardamos un trozo de tortilla y un par de duraznos. Fue una noche única con el grupo de tres peregrinos de Caudete: el amigo Gaspar, Manolo —el escultor (q.e.p.d.)— y un tercer compañero cuyo nombre siempre se me escapa, dos señoras de Canadá con quienes había compartido el tramo final ese día y esta revoltosa que fue la única que tomó fotos de aquella noche, borrosas aclaro, pero algo quedó, como quedaron los recuerdos imborrables.

