Ocasionalmente, a uno le da por pasar el rato leyendo textos científicos o pseudocientíficos. Son interesantes aun cuando llegue a uno a ese punto del que no hay regreso en que se empieza a no entender nada. Eso sonó raro, pero es así. Pensarán ustedes que es una especie de masoquismo, adentrarse en temas que sabemos de antemano que terminarán en un muro de incomprensión. No importa, algo queda en el archivo.

Por ejemplo, estoy segura de que muchos conocen que el apéndice, tripa pequeñita que a veces se infecta, produce apendicitis y una subsecuente operación para removerla, es un órgano vestigial, es decir uno que ha quedado por ahí rezagado de otro que alguna vez cumplió funciones más importantes que las que cumple hoy en día. El coxis se piensa es el remanente de la cola que alguna vez tuvieron quienes precedieron a los humanos en la cadena evolutiva… o presente, de forma más cercana, entre los Buendía de Cien años de soledad, aunque en dicho caso era de “cerdo”. Y así, como estas dos, hay muchos otros órganos vestigiales.

Invirtiendo el proceso, me pregunto sobre aquellos “órganos” que hoy en día se están desarrollando unidos a una extremidad de los humanos, específicamente, las manos y me refiero a los teléfonos celulares. Este hecho me llamó la atención hace poco durante una boda, luego de lo cual me empezó a asaltar el pensamiento de que ocurre siempre, siempre, siempre.

Fíjense: usted sale a bailar, revuelve la mirada y absolutamente todos los bailarines tienen un teléfono colgando entre los dedos. Está ahí, a veces languideciendo y en ocasiones revive para tomar una foto del propietario —un selfie— ya sea solo o acompañado. Eso de que los brazos servían para sostener a la pareja es cosa del pasado. El romanticismo de bailar pegado passé composé. Al notar lo que ocurría en la pista de baile me empecé a fijar en las manos del resto de los invitados y de todas colgaba el aparato.

Veo a la gente caminando hacia la parada del bus con el apéndice, en el supermercado a duras penas empujando la carretilla, pues una mano ya solo sirve para sostener el celular, los pacientes esperando que los llamen para su visita médica mirando en lontananza con una mano adherida al checherito. No puedo evitar recordar el poema de Quevedo “Érase un hombre a una nariz pegado…”

¿Cuál piensan ustedes que será el destino de este apéndice? En algunos casos ya ha migrado a otros destinos y ha echado mano de audífonos que viven dentro del órgano auditivo de los humanos y que se conectan sin necesidad de cables al dispositivo madre. No sé. El caso es que aquí deliberando solita debo concluir que el apéndice original, el de la apendicitis, por lo menos no era obvio a simple vista, es decir, no afea a quien lo lleva, mientras que el celular, por más nuevo y moderno que sea, colgando de una mano siempre luce ho-rro-ro-so. Y no pueden removerse quirúrgicamente.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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