Cuando me casé en el año del pum, la situación económica era precaria, como la de muchas parejas de nuestra edad, razón por la cual recibíamos de muy buena gana cualquier pieza de mobiliario que los padres hubieran semijubilado de su plantilla diaria. Digo semi pues se mantenía la posesión del artículo, quizás en un closet o depósito, pero se sabía de su existencia y, en términos generales estaba bien cuidado.

Podía ocurrir que con el tiempo nos la pidieran de vuelta, no obstante, en la mayoría de los casos se convertía en un regalo, ergo podíamos hacer con ella lo que nos apeteciera. Se podía retapizar, cambiarle el color, recortarle las patas para adaptarla a nuestro ambiente, en fin, luego de un par de años éramos dueños y señores, incluso con derecho a pasar la pieza en calidad de herencia.

Este sistema adquirió reforzada intensidad hace un par de años cuando empezamos a amoblar “la casa de la finca”. Desde que compramos la tierra, hace más de treinta años, comenzamos a ubicar piezas que nos parecía que podían servirnos si algún día superábamos la casa de quincha. A eso, fuimos sumando —en la mente— piezas que no habíamos podido acomodar durante nuestra mudanza a lo que pensamos será nuestra vivienda para el resto de la vida y otras, que luego de haber circulado por ambas familias, habían sido puestas a pastar. Que si el comedor de hierro de mi mamá, la mesa de la abuela Blanca, los juegos de ratán que no se botan porque duran para siempre, los escritorios de madera del antiguo First National City Bank que mi papá había comprado por veinticinco dólares (¿o fueron quince?), etc., etc., etc. como diría el rey de Siam.

Esas son solo piezas que están ahora en la finca y que se usan a diario y arrancan comentarios interesantes a todos los visitantes. En el apartamento donde vivo están los muebles de hierro que mandó a hacer mi abuela en los años cuarenta cuando se mudó a la casa de Vía España, los baúles de alcanfor, la mesa que mi mamá le compró alguna vez a una amiga que la mandó a hacer y luego no le gustó, retazos de vajillas que me traen buenos recuerdos y que, a pesar de estar incompletas, uso con frecuencia. Todo esto convive con la colección de Hummels que fui acumulando a través de los años, solo porque me gustan las caras de los niños y las actividades cotidianas que realizan (de los tiempos de antes, claro).

Ante toda esta acumulación de tesoros no puedo menos que preguntarme ¿adónde irán a parar? Los jóvenes se inclinan por espacios residenciales minimalistas, con muebles de líneas rectas —no que mis piezas sean muy rococós— de materiales recién inventados y que al cruzar la línea del aburrimiento serán descartados sin asco. Oigo a mis amigas llorar, pues al preguntarle a sus hijos ¿quién quiere mis bandejas finas? Nadie levanta la mano y algún valiente le dice “véndelas”. Ella se encierra en el baño y llora pues alguna era de la bisabuela y le llegó luego de pasar por la abuela, su mamá y ella soñaba con que llegara a sus nietos. No pasará. Esa herencia no la quieren. Se aceptan sugerencias.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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