No recuerdo qué hizo ni cómo terminó el asunto. Había regañado a mi hijo con la severidad que ameritaba el momento y no se lo tomó muy bien.

“Ahora por tu culpa voy a romper mi cuarto”, me dijo con demasiada indignación para los cuatro añitos que tenía. No le hice caso.

“Ahora por tu culpa voy a botar mis juguetes”. Tampoco le hice caso.

Y así, fue enumerando todas las represalias que iba a tomar en su vano intento por medir qué tan lejos podía llegar y cuántos botones podía apretar.

Ya a lo último, cuando me dijo que “ahora por tu culpa me voy a poner zapatos de bebé”, no aguanté más la risa y ahí quedó esta historia.

Mi hijo ya es un adulto serio y respetable. Ojalá pudiera decir lo mismo de todo el grupo demográfico mayor de edad.

El equivalente actual a hacer una pataleta es “te vamos a cancelar”, de manera general, y “te voy a unfollowear”, a nivel individual.

Como sociedad, hemos perdido la capacidad de analizar, debatir y dialogar. La tolerancia a opiniones contrarias a la propia es casi nula. Si sumamos estos factores a la proliferación de las redes sociales y a los altos niveles de agresividad que manifiestan muchos, podemos entender por qué hay tantas personas que no se atreven a expresar lo que piensan o sienten respecto a X o Y tema.

Las acciones tienen repercusiones, y quien se conduce de forma indebida debe enfrentar las consecuencias. Sin embargo, eso es algo muy diferente a la cultura de la cancelación, que consiste en boicotear y anular personas o entidades con opiniones o posturas que chocan con la de uno. En otras palabras, una turba digital enardecida se levanta para tratar de fulminarte.

Esto va a sorprender a muchísimas personas, pero hay 1.3 billones de cuentas activas en Instagram. Si alguien ve contenido en una cuenta que no le guste, hay otras 1,299,999,999 que puede seguir. Y no hace falta anunciarlo. Las redes sociales no son aeropuertos.

Una diferencia de ideologías puede ser una brecha infranqueable para muchos, y me incluyo. Cada vez me cuesta más mantener amistad o consumir el contenido de personas que no comparten mis mismos valores, pero estoy clara en que eso no demerita las cualidades que puedan poseer o las buenas acciones que se les atribuyan.

En los 10 años que llevo escribiendo esta columna, puedo contar en una mano las veces en que he sido controversial -y creo que me sobrarían dedos-. Pero después de la debacle que suscitó una columna que compartí en mis redes sociales hace algunos meses, me percaté de este fenómeno en primera persona. Alguien que me había incluido en una lista de cuentas con contenido positivo, echó para atrás varios meses y me eliminó del carrusel de fotos en sus publicaciones.

Me quedé pensando, ¿mi opinión personal en un tema anula retroactivamente mis buenas acciones, el aporte que supuestamente hago a la sociedad y mi capacidad de ser una ciudadana que inspire?

Alguien más manifestó que ya no iba a ir a mi cafetería. ¿Es una represalia?

Me acordé de aquella vez en que compartí una noticia de Donald Trump en mis historias, y una lectora me comentó: “Qué decepción que estás con Trump. Te voy a dejar de seguir”. Mínimo soy la jefa de campaña de Trump para generar esa reacción.

El que no me quiere leer, que no me lea. Quien no quiera ir a mi cafetería, que no vaya. Pero, ¿cuál es el objetivo de decírmelo? ¿Hacerme cambiar de opinión? ¿Castigarme?

Las personas no somos entes unidimensionales. Intentar cancelar la totalidad de alguien, por un pedazo de lo que es o representa, me parece infantil. Como mi hijo, cuando tenía cuatro años.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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