0ddbfb3ca6eab95a968f7769c178318f - Yahir Castro, el bailarín revelación

Hace cinco años, Yahir Castro caminó por primera vez por los pasillos de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Panamá. Entonces no había intentando nunca danzar, ni siquiera conocía de cerca el ballet. Hoy es parte del Ballet Nacional y ha logrado en poco tiempo lo que a algunos les toma décadas.

Su plan original  era convertirse en cocinero, pero la vida le llevó hacia  otro destino.

“Cuando iba a tramitar todo para irme de viaje  a España con mi tío,   supuestamente a estudiar [cocina] allá, mi tío tuvo un accidente; mi mamá falleció; mi papá falleció. Yo estaba en quinto año de la escuela; todo fue caótico”, cuenta el bailarín.

“En sexto año un compañero me dijo ‘vamos a estudiar danza”, cuenta Castro. Entonces, cuando escuchaba la palabra “danza” en lo primero que pensaba era en las coreografías que creaba en la escuela.

El bailarín Yahir Castro comienza su día entrenando con el Ballet Nacional. La Prensa/Oliver Meixner

“Yo no sabía qué era ballet, no sabía lo que era un tutú, una punta,  no sabía nada”. Sus primeras clases las tomó en la Escuela de Danzas de la Facultad de Bellas Artes, donde notaron su potencial y lo invitaron a tomar clases en el  Instituto Superior de Bellas Artes.

“En el segundo semestre la profesora Cecibel [Romero] me dijo ‘tienes condiciones, ve a la Escuela de Danzas’. En  2010 empezó esta locura que espero que no acabe por mucho tiempo”, relata Castro.

También recuerda que por haber empezado a los 18 años sentía que debía entrenar el doble, por eso armó una rutina de ensayos que consistía en tomar clases en tres academias distintas.

“Cuando iba a la Escuela de Danzas solo asistía tres veces por semana, los otros dos días iba a la academia de la profesora Raisa Gutiérrez. Entonces lo que hacía era que a las 7:00 de la mañana tenía clases de ballet en la universidad y a las 3:00 de la tarde en la Escuela de Danzas”.

Lo que empezó como algo  que hacía por curiosidad terminó siendo su profesión, a la que se dedica todos los días de la  semana desde que fue contratado en 2012  por el Ballet Nacional como bailarín.

“Empieza como un pasatiempo y termina como una forma de vida, pero en verdad ha sido una gran experiencia porque te topas con toda clase de gente; gente buena, gente que  siempre te va a dar el apoyo y otras personas que te saludan por hipocresía, como en todo tipo de carrera”.

Para él,  este fue el resultado del esfuerzo dedicado, pese a los días en los que pensó en renunciar.

“Yo creo que, como toda persona cuando empieza  algo, hay días que  nos levantamos y nos duele la vida, o cuando no salen las cosas en los ensayos uno se levanta y dice  ‘¿por qué me metí en esto?’, ‘no quiero seguir, ya no quiero seguir en esto”.

Las dudas que tuvo se empezaron a despejar  cuando comenzó a asistir a  competencias apoyado por la directora de la escuela, la profesora Ana Acela Smith.

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“Bailé superfeo, de maldad, para que me dijeran que no iba a competir, y no saludé al final de la variación”. El plan no le funcionó y a pesar de sus errores los maestros lo seleccionaron para la competencia nacional Danza Activa en 2012.

En ese entonces, con tan solo dos años de haber empezado a estudiar danza, no se sentía seguro de poder competir con otros bailarines con más años de entrenamiento. Hoy reconoce que fue a partir de ese momento que su carrera comenzó a despegar.

“Empecé a ver los frutos de tanto ensayo, becas, medallas; allí me di cuenta de que si uno practica sí tiene la recompensa”.

Describe su trabajo como “algo muy gratificante. Cuando uno termina de bailar, cuando el sudor corre, el público aplaude,  a uno se le salen las lágrimas cuando sabe que al público le gustó lo que uno está haciendo”.

A esta primera competencia le siguieron viajes al extranjero en los que ha tenido la oportunidad de representar a Panamá en Nicaragua, Rusia, Estados Unidos, Cuba y Perú.

Estos viajes le permitieron aprender otras técnicas y darse cuenta de que Panamá está bien posicionado en danza. “En verdad, siento que es bueno salir y regresar y dar a tu país para que tu país crezca, no quedarte con todo eso. La idea es traer, sembrar y cosechar”, expresa Castro.

Respecto a las rivalidades que existen entre los bailarines, señala que siente que la competencia debe ser con uno mismo, y aclara que aunque en el gremio no hay muchos varones que ejerzan la profesión, sí hay competencia.

Hace un año se asoció con el bailarín Abdiel Bonilla en el negocio de pastelería artesanal Mint Chips.

“En verdad tenemos casi la misma dificultad, porque como somos pocos hombres, todos queremos ser buenos, todos queremos resaltar… por eso es que yo pienso que aunque los hombres seamos pocos, tenemos que fajarnos para poder sobresalir”.

Aunque hoy vive de la danza, el bailarín no descarta la posibilidad de estudiar cocina algún día.

En su tiempo libre ha tomado cursos   y  descubrió que el área que más le apasiona es la panadería y repostería. También aprendió algunos trucos  viendo tutoriales en Youtube  que le sirvieron para aprender a hacer galletas decoradas con fondant.

En  febrero de 2013 se asoció con el bailarín Abdiel Bonilla y crearon un negocio de pastelería artesanal llamado Mint Chips. “Termino de hornear a las 2:00, 3:00 de la mañana, y de allí a esperar a que se enfríen las galletas y ponerles el sello”, relata.

Castro  en menos de una década pasó de ser un adolescente que no sabía qué hacer,  a dividir su tiempo entre la repostería,  el Ballet Nacional y ser profesor en las academias Ballet Academy y Ballerinas.