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El modelo tradicional de familia (madre, padre, hijos) varía a medida que avanzamos como sociedad y nos abrimos a nuevos criterios. No son raros los padres divorciados o los niños con dos residencias; son nuevas dinámicas familiares.

Tomar la decisión del divorcio  conlleva para la familia una fuerte alteración que no deja incólume a ningún miembro. Es por ello que ante una medida tan radical, la comunicación es la clave fundamental.

“Es un duelo, porque es la pérdida de la familia como hasta ese momento había sido concebida tanto para los esposos como para los hijos”, dice la psicóloga Mary Souto.

El divorcio, añade la psicóloga, implica una serie de cambios que a los niños, dependiendo de las edades, los puede asustar mucho. “Pueden sentir incertidumbre sobre lo que va a ocurrir con la casa, la escuela, si sus padres se van a ir o si los volverán a ver”.

La intervención terapéutica, dice la psicóloga Karina Muñoz, es una opción para que   se le pueda transmitir a los hijos que tendrán su espacio y seguridad.

Si los papás no están bien orientados, con un apoyo terapéutico que los vaya guiando, afirma Souto,  pueden cometer muchos errores, como poner a los hijos en el medio, usarlos de mensajeros, formar alianzas o tenerlos de confidentes hablando mal de alguno de los padres. “Así los vamos enfermando más, porque se les está exponiendo a una información que no pueden manejar”.

“Hay que tomar en cuenta que los niños tienen una imaginación muy floreciente y pueden llega a creer que hicieron algo que provocara la separación. Es por ello que los dos padres deben hablar con los hijos para decirles su decisión de separarse y que traten en la medida de lo posible no hablar mal del otro”, comenta la doctora en psicología Marianela Díaz.

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Aquí y allá. Para Díaz, es  importante crear una estructura en la que el niño sepa a qué  atenerse en medio del divorcio. “No importa el acuerdo al que lleguen los papás, siempre que esté bien estructurado”.

Es así que desde el punto de vista cultural, al darse la separación, tradicionalmente se establece que los hijos están la semana con la mamá y el fin de semana con el papá, pero todo dependerá de en dónde esté más saludable el niño, apunta Muñoz.

Se debe tratar que la relación con el padre que se va se siga manteniendo o incluso mejore.  Procurar que los padres entiendan que ambos son responsables de sus hijos y sus necesidades, señala Souto, y añade que  veces la madre es quien lleva toda la responsabilidad, mientras que el padre se transforma en un papá satélite, que solo lo lleva al cine cada 15 días o lo invita a un helado una vez a la semana.

Sobre los tipos de acuerdos a los que las parejas llegan para compartir el tiempo con sus hijos, Díaz indica que hay padres que quieren pasar los fines de semana, otros que los ven entre semana, y están los que eligen el sistema de los tres días, un método que aún no es común, pero cada vez más padres lo eligen, y la especialista comenta que se aplica más en niños más grandes y adolescentes.

Cualquiera de esas metodologías funciona en tanto haya una estructura u orden en la que el niño sepa qué le va a tocar. “De no hacerse así”, asegura Díaz, “les crea más confusión en una situación que de por sí es confusa”.

Para lograr que el sistema de los tres días funcione, Muñoz y Díaz coinciden en que un acuerdo así requiere un buen acompañamiento psicológico que permita un alto grado de comunicación entre los padres y que la ruptura haya sido más o menos amigable.

“El objetivo final es que los hijos estén bien”, recalca Díaz.

Después de un tiempo, agrega Muñoz, se puede hacer una revisión para reestructurar el plan y ver qué no está funcionando, qué se puede mejorar y qué otros elementos se pueden incorporar.

“Las experiencias más tristes son cuando se rompen los vínculos y los niños quedan huérfanos en el camino al distanciar los encuentros por las confrontaciones con la expareja. No importa si el padre o la madre tienen que viajar, ahora la tecnología permite muchas facilidades para mantenerse conectados”, dice Souto.

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Dos casas. Al principio, los niños van a sentir mucho más su casa como aquella donde vivieron con sus padres, que suele ser en la que se quedan con  mamá, comenta Díaz.

Se trata de un proceso, destaca Souto, en el que al inicio los niños no sentirán como su casa la nueva residencia, pero se va construyendo un sistema en el que sientan que tienen el beneficio de contar con sus dos papás y dos  casas.

Sin importar que se trate del sistema de los tres días o los fines de semana, la movilidad de una casa a otra no debe impactar la estructura de la vida de los hijos, afirma Souto. Se debe tratar de cuidar que ellos sigan manteniendo sus actividades, porque les da seguridad.

Resulta fundamental que los hijos tengan sus propias cosas en la residencia adonde vayan (habitación, ropa, juguetes, etc.), que no tengan que empacar mucho, menciona Díaz. Así se van a acostumbrando a que la otra también es su casa.

Asimismo, si pasa el fin de semana con el papá o la mamá, lo lógico es que estudie para la escuela y lo ideal sería que el papá o la mamá ayudara con las tareas escolares o que contraten a alguien que lo haga, explica Muñoz.

Díaz aclara que es importante que los padres no permitan que los niños decidan si quieren ir o no a la casa del otro padre, pues así no se afianza la relación, aunque reconoce que puede ser más difícil cuando son adolescentes porque empiezan a tener una vida social más activa.

“Hay que ser conscientes de la calidad de vínculo que se quiere cosechar [con los hijos]”, dice Souto.

Por otro lado, Muñoz considera apropiado que los abuelos maternos y paternos también reciban una guía terapéutica, porque existen lealtades dentro de la familia y es importante neutralizar cualquier resentimiento que ellos pudieran sembrar en los nietos.

Además, si después de un tiempo el padre o la madre empieza una nueva familia, se necesita de un apoyo psicológico para lograr una buena dinámica en esa familia ensamblada y que todos se sientan comprendidos y con su espacio, afirma Souto.

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Un mismo techo. Las especialistas coinciden en que es un requisito establecer reglas similares en ambas casas. “Es un compromiso para el bienestar de los niños”, señala Karina Muñoz.

“En un mundo perfecto, las reglas deberían ser las mismas en ambas casas, pero como no vivimos en un mundo así, es difícil. A veces los niños se aprovechan de las disparidades en los límites para manipular. ‘En casa mi papá me deja hacer esto’, entonces la madre debe decir ‘allá puedes hacerlo, aquí no”, menciona Marianela Díaz.

Mary Souto dice que las reglas deben ser lo más congruentes para el niño y no polos opuestos, y es por ello que la comunicación es fundamental en medio de esto. “Es que los padres sean mejores padres de lo que pudieron ser como esposos”.

Díaz reconoce que a los  padres les cuesta mucho por los sentimientos de culpa y porque quieren agradarles a sus hijos. “Uno está aquí para criar a los hijos y no necesariamente para caerles bien. Deben educarlos bien y para que estén bien, y a veces para lograrlo hay que tragarse situaciones difíciles en aras del bienestar de los hijos”.