Los niños de Convivencia Pacífica junto a la profesora Damaris Smirnov.

‘No regalamos nada’. Ese punto lo dejan claro desde el principio. Lo que sí ofrecen es apoyo y guía a las comunidades. Eso les consta a los 70 niños de Viejo Veranillo que martes y jueves se reúnen a practicar danza en el gimnasio universitario.

Convivencia Pacífica es el nombre del proyecto que Harley Mitchell, presidente de la Corte Suprema de Justicia entre 2008 y 2010, propuso al rector de la Universidad de Panamá hace cinco años. Su preocupación nacía de un estudio que había revelado que el 50% de las personas que estaban en la cárcel había sido detenidas por primera vez entre los 15 y 24 años. Entre los factores que inciden en la delincuencia juvenil está la falta de supervisión de los adultos y la ausencia de herramientas para manejar el estrés.

El magistrado pensó que desde la universidad, y en colaboración con otras instituciones, se podía estructurar un programa para ayudar a los jóvenes en comunidades de alto riesgo.

La profesora Damaris Smirnov, directora del departamento de Bienestar Estudiantil de la Vicerrectoría de Asuntos Estudiantiles, fue una de las encargadas de darle cuerpo a la idea, junto a Estrella Endara, colaboradora del Órgano Judicial. Endara estaba convencida de que era necesario primero escuchar a la gente.

La profesora Smirnov en una presentación del programa.

Encontrar por dónde empezar no fue difícil. Solo tenían que cruzar la calle al barrio de Viejo Veranillo, que forma parte del corregimiento de Curundú y está frente a la universidad.

En vez de llevar una propuesta, decidieron preguntar a la gente qué necesitaba para mejorar sus barrios.

No fueron bolsas de comida, hojas de cinc ni becas lo que pidieron, sino seguridad.

La universidad se acercó entonces a la Policía Nacional  para compartir esta inquietud. Así se gestionó la apertura de un cuartel. Empezaron a caminar por las veredas de Viejo Veranillo policías muy jóvenes que no iban con la intención de hacer operativos ni allanamientos, sino de hacerse conocidos, conocer a la gente y enseñar. Smirnov recuerda con admiración a una policía que se daba a la tarea de preguntar a los niños si habían desayunado y mandaba a cualquier niño o adolescente que viera sin camisa a vestirse.

A buscar oficio y beneficio. Pronto saltó a la vista que había que hacer algo con el tiempo de ocio de los más pequeños. Niños sin oficio eran susceptibles a ser mal influenciados.

Convivencia Pacífica abrió un programa que ofrecía judo, karate, danza moderna, folclore, dibujo y pintura.

La clase de danza en el gimnasio de Curundú.

Los niños del barrio casi se mudaron al gimnasio universitario. Muchos se inscribían hasta en tres cursos. Nació una academia de judo que ya ha ganado varias medallas en campeonatos nacionales.

Pero los niños querían algo más: “¿No van a traer fútbol?”, preguntaban una y otra vez. Y las madres se hacían eco: “¿y cuándo el fútbol?”. A Smirnov se le ocurrió preguntar a la Policía, sabía que ellos tienen un club, el Atlético Nacional, ¿no podrían, aunque sea temporalmente, enseñar a los niños? Aceptaron. La escuelita de fútbol lleva cuatro años.

El proyecto en Viejo Veranillo sirvió de plan piloto. Al cabo de un año la Policía quiso llevarlo a otras comunidades como San Miguel, Felipillo, Río Abajo y Nueva Libia. En cada barrio se empezaba con un acercamiento a los vecinos y con un estudio que incluía encuestas para saber qué necesidades tenían.

La empresa Odebrecht se acercó a la universidad buscando asesoría en temas sociales para el Proyecto Curundú, coincidencia, y se encontraron con Convivencia Pacífica.

Los vecinos de Brooklincito, la otra comunidad con necesidades que colinda con la universidad, también fue a preguntar por qué a ellos no se les estaba tomando en cuenta.

Vecinos de otras áreas también se han acercado. Sin embargo, la universidad solo dice que sí cuando sabe que cuenta con la capacidad para cumplir.

Las manos del servicio social. El programa funciona gracias al voluntariado de los estudiantes que proviene de los programas de servicio social. Alumnas que estudian inglés o matemáticas dan tutorías;  las estudiantes de artes plásticas enseñan pintura. Los de Bellas Artes han organizado cursos de flauta dulce. Estos cursos se hacen por períodos definidos.

Aparte de los cursos, las escuelas de Medicina y Odontología empezaron a participar con giras médicas que se organizan desde las asociaciones estudiantiles de ciencias de la salud. Cuando en Enfermería y Nutrición se enteraron, preguntaron por qué a ellos no se les había invitado. Un reclamo que hizo feliz a los organizadores de Convivencia Pacífica.

Los estudiantes cuando terminan su servicio social en la comunidad rinden un informe que refleja sus impresiones y los resultados. Si hay una aspecto que suelen repetir es el deseo de los niños de que los talleres continúen.

Exposición de los trabajos de los niños de Viejo Veranillo, en 2011.

No solo deporte. En lugares de San Miguelito como Cocobolo y Samaria-Sinaí el programa funciona desde las escuelas. Cuando empezaron a convocar a los niños del barrio a la cancha de Cerro Cocobolo se dieron cuenta de que algunos no se acercaban. Luego descubrieron que se debía a un tema de pandillas y territorios.

Hablaron con la directora de la escuela de Cerro Cocobolo y ella aceptó abrir las puertas de la escuela para  las actividades, incluso cuando todos los que participarían no fueran alumnos de la escuela.

Si bien una de las primeras actividades que la comunidad pide es deporte para los niños, la universidad está convencida de que no es lo único que se les debe dar.  Siempre se incluye una clase que desarrolle el intelecto, la expresión artística y la espiritualidad: música, dibujo, pintura o danza.

En la escuela de Cerro Cocobolo los niños reciben los sábados clases de pintura.

Cerro Cocobolo es uno de los lugares que más sorpresas y satisfacciones ha dado. Al ser percibida como un área peligrosa, muy pocas iniciativas se atreven a llegar hasta allí.

Y los habitantes lo necesitan. Allí encontraron una vecina que ha formado un conjunto típico que practica en las veredas.

Llevaron una jornada de odontología, y al terminar doctores y alumnos concluyeron que era necesario volver. Hace falta medicina preventiva en la comunidad. Por otra parte, con los estudiantes de veterinaria organizaron una jornada que atendió a 200 perritos.

Este servicio social es una forma de  acercar a los estudiantes, los futuros profesionales de Panamá, a la realidad de su país.

La profesora Smirnov junto al grupo de danza.

Una muestra del alcance del programa la tuvieron este año con una convivencia de 700 niños que reunieron en el domo universitario de Curundú. Quienes administraron el domo tenían dudas de cómo iba a quedar el lugar después de 700 niños allí.

“Quedó muy bien. Los niños se comportaron. No dejaron papeles. No dañaron nada”, dice con orgullo Smirnov.

Hace cuatro años, ella no habría creído que esto iba a resultar así: “Yo pensaba que cuando llegáramos a las comunidades la gente nos iba a pedir regalos o que les solucionáramos los problemas”. Y sí hay gente que se acerca para saber si van a repartir algo. Pero la mayoría no quiere limosnas, sino ser escuchada y empoderada para encontrar soluciones.

Agrega Damaris Smirnov: “En todas las comunidades hay líderes natos que ni siquiera se han dado cuenta de que lo son.

Entienden que lo que estamos dando es conocimiento, lo único que tenemos para dar. Lo aceptan y lo agradecen”.

 

11 COMUNIDADES
El programa Convivencia Pacífica cumplió en 2013 cuatro años. El proyecto que empezó en Viejo Veranillo se ha extendido a 11 comunidades.