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“Después de que se cuide, no le digo nada”, dice Linda cuando reconoce que su esposo, con quien lleva 12 años casada, le es infiel. De manera anónima, ella acepta que en el fondo le molesta y le lastima la infidelidad, pero recalca que prefiere eso a dejarlo y alejar a sus hijos (una niña de 11 años y un varón de 9) de su padre.

 

Linda, una profesional de 41 años, describe a su esposo como “bueno”, aunque  sabe que le ha sido infiel por varios años con diferentes mujeres.

 

La situación de Linda no es una rareza en Panamá, y así lo constatan los datos de la Encuesta de Indicadores Múltiples por Conglomerados 2013, elaborada por la Contraloría General de la República a través del Instituto Nacional de Estadística y Censo  con colaboración del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia.

 

Los resultados arrojaron que de 978 mil 862 mujeres que afirmaron estar casadas o unidas,19 mil 77 (3%) reconocieron que sus esposos tenían otras parejas.

Para llegar a esas conclusiones, la encuesta incluyó dos preguntas clave: “Además de usted, ¿tiene su compañero/esposo/pareja otras parejas o esposas o vive con otras mujeres?” y “¿Cuántas otras parejas o esposas tiene él?”.

 

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Doble vida. La infidelidad es una de las manifestaciones del machismo, señala Urania Ungo, catedrática de Filosofía en la Universidad de Panamá.

 

La abogada Mariblanca Staff, especialista en temas de género, explica que “popularmente, la infidelidad se refiere a las relaciones amorosas (no solo sexual), ya sea a corto o largo plazo, que una persona mantiene con otra u otras, distinta a la del vínculo establecido por razón de noviazgo, de matrimonio o de vida en común”.

 

“En términos legales”, añade Staff, “es el quebrantamiento de forma consciente de un contrato o pacto afectivo o sexual, ya sea explícito o implícito de fidelidad, establecido en una relación de pareja en el que uno de sus miembros tiene algún tipo de relación con una tercera persona. No es más que la violación de la confianza, la lealtad y el respeto. La fidelidad es un bien ético que pocas personas saben valorar y respetar”.

 

Para la también abogada y feminista Deika Nieto, existe un sistema cultural y social que da a los hombres permisividad para la promiscuidad e infidelidad. Esa es una formación con la que crecemos hombres y mujeres, y si bien se ha trabajado para fomentar las relaciones estables y respetuosas, persiste el solapado derecho del hombre de ser infiel.

 

“Las mujeres lo aceptan porque culturalmente se ha inculcado que el hombre puede ser infiel y no pasa nada, mientras que la mujer debe ser la protectora de la familia a toda costa”, comenta Nieto.

 

Para la mujer, la posibilidad de tener relaciones alternas hacen merma en su condición, se le tacha de indecente, señala Ungo; en cambio, los hombres que lo hacen son admirados.

 

“Si bien no tiene validez legal [la infidelidad], tiene el beneplácito de la cultura popular. En nuestras prácticas cotidianas esto es refrendado y hay incluso una actividad comercial legal, como los bares solo para hombres, que dejan ver que la infidelidad masculina es permitida”, añade.

 

Martirio silencioso. Hay quienes  sustentan la infidelidad bajo el argumento de que hay más mujeres que hombres, “pero tiene que ver mucho con patrones culturales y cómo la gente va estableciendo relaciones interpersonales o de pareja”, recalca  la socióloga Juana de Dios Camargo.

 

Las entrevistadas coinciden en que las mujeres que aceptan la infidelidad insisten en que lo hacen por  los hijos. No quieren que sus niños vivan con el supuesto trauma del divorcio y les aterra la idea de verse solas con sus hijos.

 

Sin embargo, lo que se hace es perpetuar una conducta errónea, pues el hijo varón piensa que esa es una relación normal y lo repite, recalca Ungo.

 

También está la dependencia económica  y emocional. Usualmente en estos casos, el hombre es el proveedor en la casa y esto lleva a que la esposa acepte este tipo de situaciones, siempre que él apoye al sostenimiento de la familia. “No saben adónde podrían ir si llegaran a terminar la relación, no tienen dinero o no tienen un trabajo remunerado que les permita reiniciar una nueva vida, o son tan dependientes de la pareja que piensan que no podrán vivir sin él”, comenta Staff, y agrega que “este motivo en mujeres de alto estrato social es muy común, porque no quieren perder el estatus  que les otorga  tener una pareja con buena posición económica”.

 

“Hemos avanzado en muchos aspectos”, afirma la abogada Nieto, “pero aún tenemos ese miedo a quedarnos solas, a ser solteronas o a que el marido abandone el hogar. Entonces negocias contigo misma, te abandonas a ti misma”.

 

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Golpe bajo. “Muchas mujeres sienten que terminar la relación con su pareja ‘no sería lo correcto’, que deben permanecer con la pareja ‘pase lo que pase’. Esto tiene que ver con los valores morales que hemos aprendido desde la niñez. Dichos valores (familiares, religiosos, culturales) en muchas ocasiones nos llevan a aguantar junto a un hombre, aunque él no cumpla bien con sus deberes y responsabilidades”, asegura Staff.

 

Si vives en una sociedad como la nuestra, agrega Camargo, en donde se privilegia la monogamia y en donde todo gira basado en la fidelidad, cuando esta confianza se rompe aparecen los celos, el maltrato y una violencia que puede llegar al feminicidio.

“Las mujeres que viven con la infidelidad de sus parejas la padecen como un maltrato emocional, porque sabes que tu marido tiene otra casa u otra persona con la que convive tan cercanamente como lo hace contigo”, añade la socióloga.

 

Para Nieto, la autoestima de la mujer es fundamental, “y seguramente las mujeres que respondieron que sus esposos eran infieles tienen baja autoestima, depresión y una sensación de abandono”.

 

A un paso del maltrato. Las mujeres que aceptan la infidelidad de sus parejas están a un paso de aceptar la violencia doméstica, y es que ya viven un maltrato sutil, pues saben que cuando llega tarde estuvo con alguien más, señala  Nieto. “La infidelidad no es delito, pero sí puede serlo la violencia psicológica que puede acarrear, con frases como ‘estoy con ella porque eres fea’, ‘tú no me atiendes bien’ o ‘no eres buena en la cama”.

 

Para la abogada Mariblanca Staff, una relación en la que hay infidelidad puede terminar en violencia doméstica, porque se produce un desequilibrio emocional muy difícil de superar, hay constantes peleas y reclamos en la pareja. La infidelidad es una de las principales causas de la separación y de la violencia doméstica.

 

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Romper el ciclo. Trabajar en el respeto hacia la pareja, señala la abogada y feminista Deika Nieto, es uno de los pilares para crear relaciones sanas. “Y si uno ve esto en función de la salud, uno no sabe el nivel de protección que tiene ese hombre con sus otras parejas, y es por eso que hay un aumento en los casos de VIH en mujeres casadas”.

 

Asimismo, Urania Ungo apunta a un cambio en la educación sexual para acabar con estas desigualdades. “Tiene que haber un cambio radical en la educación, que aborde cómo concebimos las emociones, los sentimientos, el amor propio y la sexualidad para que las personas tengan conciencia de que estos privilegios socavan la institucionalidad familiar. Podemos hablar de los valores, pero otra dimensión es cómo se hacen realidad esos valores para hombres y mujeres”.

 

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