Estas panameñas son diferentes, pero tienen en común que sus madres no nacieron aquí. Las culturas de Rusia, Portugal, Brasil, Ecuador, Haití y Cuba se mezclaron con las de Panamá, para hacer reuniones familiares más divertidas y preservar tradiciones.

 

UN POSTRE ECUATORIANO CON HISTORIA 
María Eugenia Caballero Neira

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“Mi mamá [Mercy Neira de Caballero] lleva más de 35 años viviendo en Panamá, así que ella está bastante panameñizada. Ella es de Guayaquil, la ciudad más poblada de Ecuador.

Creo que fue un acto inconsciente de mis papás, pero ambos nos enseñaron, a su manera, a amar a sus patrias desde que mi hermana y yo éramos pequeñas. A mi papá le encanta que conozcamos de Panamá cada uno de sus lugares recónditos y curiosidades que no te enseñan los libros de historia. Por su lado, mi mamá formó parte de la Asociación de Damas Ecuatoriano-Panameñas, así que en casa siempre conocíamos sobre los eventos y festividades; por lo que también había reclamos porque no le celebrábamos el día de la madre de Ecuador (el segundo domingo de mayo). 

Además,  mis papás hacían el esfuerzo para que mi hermana y yo fuéramos  todos los veranos a Guayaquil a visitar a la familia.
Te puedo decir que yo amo a Panamá con todo mi corazón, y de igual manera mi corazón  se siente orgullosamente ecuatoriano. Un ejemplo de esto fue cuando me fui al extranjero a estudiar, siempre andaba con mi bandera panameña de arriba a abajo, y con mi suéter del Barcelona Sporting Club (el mejor equipo de fútbol del Ecuador).

Una anécdota muy recordada por mi familia fue cuando mi mamá intentó cocinar un postre ecuatoriano: Higos en almíbar. Este bendito postre lleva toneladas de azúcar y otros ingredientes que llamaron la atención de abejas africanas,  que llegaron a la casa a visitar nuestra cocina. Tuvimos que llamar a los bomberos porque todo el patio estaba repleto de abejas y no podíamos salir. Lo gracioso del caso es que mi mamá no se quiso dar por vencida, por lo que al día siguiente hizo nuevamente el intento y las amigas abejas de nuevo llegaron a visitarnos”.

ARTISTA Y ALEGRE POR SANGRE CUBANA
Amy Tatiana Mendoza Rodríguez

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Ser alegre, luchadora, que le guste cantar y bailar son algunas de las cualidades que ha heredado  Amy Tatiana Mendoza Rodríguez de su mamá María de los Ángeles Rodríguez, que es cubana. “La parte artística viene de ese lado, de la parte del Caribe, y que me gusta bailar también viene mucho de Cuba y de mi familia”, cuenta la aeromoza de 24 años.

Amy nació en Panamá y su papá es panameño. Se fue a Cuba a los 7 meses de nacida y vivió allá hasta los 17 años, pero siempre venía a Panamá durante sus vacaciones. Ahora vive aquí y se siente afortunada de haber crecido entre ambas culturas.
“Esa ha sido la ventaja más grande que he visto, de ser parte de dos culturas tan lindas como la de Panamá y la de Cuba”.

Describe a su  mamá como una mujer muy inteligente, que siempre le ha enseñado a ser luchadora. “Es como mágica, porque a pesar de que en Cuba no había facilidades para muchas cosas, jamás me hizo sentir que algo faltaba. Mi mamá todo lo maquillaba muy bien porque  nunca de niña me di cuenta de eso, ella me hizo vivir una infancia hermosa”.

Viviendo en Cuba y de su mamá aprendió valores como compartir, ser honesta y cuidar las cosas para que otros puedan utilizarlas. “El cubano es muy alegre y yo también heredé eso de mi mamá”.

Comenta  que su madre se hizo famosa cuando era adolescente cantando en Cuba, pero nunca tomó clases de canto. Madre e hija llevan ese talento en la sangre. “Ella siempre me ha apoyado en eso y  he logrado hacer algunas cositas cantando por ahí, no soy famosa ni nada grande, pero he logrado cumplir mi sueño en algunas cosas”.

Amy señala que ella y su mamá siempre han estado juntas. “Ella me dice que soy su llanta de repuesto porque  no puede estar sin mí. Soy como su mal necesario y ella es el mío necesario”.

Su mamá es su mejor amiga y asegura que es casi imposible ocultarle algo porque todo lo sabe. “Ella nunca se equivoca, para mí y para mi hermana es como una brujita. A mis 24 años y a los 34 de mi hermana, estamos de acuerdo de que mi mamá nunca se equivoca. Ella dice que es de una manera, de esa manera va a ser”.

‘BOLO’ PARA TODA OCASIÓN
Jeanne Bolaños Da Silva

Vista de la ciudad de Fortaleza, de donde es la madre de Jeanne.

“Antonia Duarte Da Silva de Bolaños, mia mae (mi mamá) es de Fortaleza, un municipio de Brasil y ciudad capital del estado de Ceará.

Mia mae trabajaba en un almacén de antigüedades  y mi papá era un estudiante becado de maestría. Un día  pasó por ahí y la vio, entró al almacén solo a verla porque él no podía comprar nada de lo que  que vendía en el almacén. Todos los días iba con el pretexto de buscar algo para comprar, pero mia mae sabía que un estudiante de universidad no compraba esas cosas, hasta que un día él la invito a salir y seis meses después ya estaban casados. Luego de 36 años, tienen una familia con seis hijos.

Le doy mil gracias a mi madre por ser mi gran inspiración. Ella viene de una cultura de mucha devoción a la Virgen y a Dios; de una familia no tan extrovertida como las del sur de Brasil, pero con mucha comprensión y más libertad. Mi papá sí era más reservado; él viene de Darién (¡tremenda combinación, verdad!).

La tradición de mia mae es que para todo hay un bolo (dulce o bizcocho). Si es Día de las Madres, bolo. Si es Día del Padre bolo. Nunca puede faltar el bolo ni en el desayuno ni en las reuniones”.

LA DELICIOSA SAZÓN PORTUGUESA
Maricruz De Sousa de Dos Santos

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Sus padres, Juan Humberto De Sousa y María José de De Sousa, eran de la isla de Madeira, en Portugal, pero vivieron en Panamá por 60 años.

Maricruz, su hija, es panameña y se empapó de toda la rica cultura portuguesa, aunque asegura que sus padres se apropiaron de las costumbres panameñas.

Una manera en la que sus padres mantuvieron viva la tradición protuguesa fueron sus constantes viajes a su ciudad natal.
Así, Maricruz aprendió a hablar portugués, a cocinar platillos lusos y a bailar vira, baile típico de Portugal. De hecho, confiesa que le encanta el bacalao a la portuguesa, que lleva papas y huevo duro.

“Mi padres amaron Panamá”, dice Maricruz, y recuerda con gracia un día que llevó a su madre al doctor. “Él empezó a hacerle preguntas y mi mamá le contestaba en español, pero como tenía el acento muy marcado, el doctor me miró y me preguntó, ¿tú mamá me está hablando en portugués? Porque le estoy entendiendo todo”. El doctor pensó que era muy bueno en portugués.

UNA MENTALIDAD MÁS ABIERTA
Caterina Armengol

Una imagen de la ciudad de Rostov, en Rusia, de donde es oriunda Lilia, la mamá de Caterina Almengor.

La historia familiar de la arquitecta Caterina Armengol es interesante. Su madre, Lilia, es oriunda de Rostov, Rusia, pero durante la época de la Unión Soviética ella viajó a L’vov, en Ucrania, para cursar sus estudios universitarios.

Fue allí donde se enamoró de un estudiante panameño, el padre de Caterina.

“Básicamente crecí con la cultura de mi mamá porque, a diferencia de los que tienen papá extranjero, cuando tú tienes mamá extranjera la cultura que predomina es la de tu mamá”, explica Caterina.

Ella llegó a Panamá a los 5 años, pero su primera lengua, con la que se comunicó por muchos años, fue el ruso. “El primer idioma que aprendí a hablar fue el ruso, el segundo fue el inglés y el tercero el español”, que aprendió cuando llegó al colegio.

Pero considera que la diferencia de culturas no la sintió sino hasta la adolescencia. “Por ejemplo: todo el mundo hablaba del arroz con pollo, que el sancocho, y tú piensas ‘¿eso qué es? Yo no como eso en la casa”.

En la comida fue donde sintió la mayor diferencia, ya que para sus compañeros y amigos su madre cocinaba platos que ellos iban a consumir a restaurantes, mientras que ella buscaba comida rápida y criolla cuando comía en la calle. “Es bastante gracioso, porque mientras todo el mundo estaba harto de comer en casa arroz y frijoles, para mí eso era totalmente nuevo”.

Además de la comida, empezó a notar la influencia de su mamá en las actividades que realizaba en sus vacaciones.

“Les preguntaba [a los compañeros] ‘¿qué  van a hacer?’, y la mayoría decía ‘me voy al interior a casa de mi abuelita”. Caterina relata que “una de las primeras experiencias duras era que nuestros abuelitos están fuera, y no puedes agarrar e irte los tres meses de vacaciones a Rusia a cada rato, entonces generalmente te quedabas aquí en Panamá haciendo otras cosas”.

Además, reconoce que convivir con dos culturas en casa la ayudó a tener una mente más abierta a los cambios, a vivir nuevas experiencias, probar todo tipo de comidas y hasta a encontrar alternativas. “Analizas la situación y ves que las cosas son diferentes, o ves cinco o seis opciones”, comenta Caterina.

“Primero, que hablas otro idioma que la gente no habla, comenzando por allí, y lo ves como normal, no es algo complicado”. Añade que “ves películas diferentes, tienes otras perspectivas de vida, otra manera de pensar, quizá analizas un poquito más”, concluye.

 

EL HAITÍ DE LA INFANCIA
Tania Hyman Bouchereau

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“Mi madre, Marie Claude Bouchereau, es de Puerto Príncipe, Haití, y conoció a mi papá en España, cuando ambos se encontraban estudiando.

Mi papá no hablaba nada de francés y mi mamá no hablaba nada de español, así que él se fue en sus vacaciones a tomar un curso a Francia para poder conquistar a mi mamá. Incluso, ellos se casaron en España y cuando mi papá terminó de estudiar medicina, se establecieron en Panamá.

De pequeña, el único idioma con el que hablaba con mis padres era el francés, que es mi primer idioma, debido a que mi abuela materna quería que lo aprendiera primero porque como vivía en Panamá, igual iba a aprender español.

En aquel entonces me daba mucha vergüenza cuando mi mamá me hablaba en francés en la calle, porque todo el mundo se nos quedaba viendo. Ahora, es un gran orgullo.

Yo le tengo mucho amor a la pollera, sin embargo, esa parte folclórica no se me cultivó mucho porque mi mamá no manejaba esos temas. Ahora de grande es que tengo esa obsesión y he hecho el sacrificio de adquirirlas, ya llevo tres polleras.

Hace más de 20 años que no voy a Haití; la última vez fue en 1985, y dejamos de ir porque ya estaban empezando los problemas políticos. Cuando estábamos en la escuela, nos mandaban a mi hermano y a mí durante los tres meses de vacaciones. El Haití que yo recuerdo es muy bonito; había un lugar llamado La Boule, que es como El Valle; el clima era delicioso. Recuerdo la felicidad de mi infancia, el paisaje era hermoso, había mucho verde. 

No es como la gente piensa, que al bajarte del avión hay alguien con un ‘muñequito puya puya”.