11190203abe3fbe77555afe54d3ea5ad - Lil María Herrera, Machín Candao y el Changmarín

Horas antes de que Lil María Herrera recibiera el premio por el Concurso Nacional de Literatura Infantil Francisco Changmarín, por su poemario Machín Candao, concedió esta entrevista en los predios del hotel El Panamá, donde sería la gala de premiación.
Conocí a Lil María en la redacción del diario La Prensa, donde trabajó como periodista a finales de la década de 1990. Escribió Entre figuras y andanzas (1998), un libro que recopila sus entrevistas, y aunque nunca dejó del todo el periodismo, ha sido también traductora, educadora, promotora cultural y cuentacuentos.

Lil María, escribes para niños y para adultos, ¿qué haces diferente a la hora de escribir para un público o para otro?
Me es difícil contestar. Si me anda rondando un tema que es para adultos por ahí me voy. Casualmente, el año pasado gané el León A. Soto con un libro que es totalmente para adultos y se llama Juegos mentales, es una locura que a veces ni yo misma entiendo [sonríe], pero a algunas personas les gustó, algunos entendidos dijeron que había dado un paso más allá en firme en la poesía para adultos. Y por otra parte Chifladuras, que ganó el Hersilia Ramos de Argote y es para niños; esa es otra locura en la que uso limerick, que son estos versos que deben ser absurdos pero con una métrica. Más que decidir si escribo para niños o para adultos, siempre estoy tratando de apañar cosas en el aire que a veces se quedan en la computadora y las uso años después.

¿Lees a algún niño tus poemas antes?
Di-Versos. Se lo leí al hijo de Lucy Chau, la poeta. Él tenía entonces cinco años y fue un crítico fuerte, noté lo que le hacía reír. El libro pasó la prueba. Los otros que he hecho para niños se los leo a Alejandro [su esposo]. También a una profesora vecina que vivió 30 años en Venezuela y dirigió el Coro de Niños Cantores de Lara, y ahora vino a parar a Volcán. Creo que cuando trabajas con niños y te gusta te pones a su altura, y subrayo altura. Leo mis poemas a niños o adultos que tienen cierta sensibilidad.

Dijiste que notabas cuando el niño se reía con el poema. ¿Eso es lo que buscas?
Busco que lo disfrute. Que le haga pensar en un momento de alegría. Que piense en lo que está leyendo. No importa tanto si está bien o mal; mucha gente me pregunta ¿y cuál es el mensaje?

Esa era mi siguiente pregunta, ¿crees que las historias para niños deben tener moraleja?
Las moralejas ya nos las dejó Esopo. Yo no voy por allí. He sido docente de preescolar, pero para mí el aprendizaje está dentro de lo divertido, en lo que ellos leen, las palabras, las letras. Alguien me preguntaba si tenía un mensaje para los jóvenes y sus padres. El mensaje está en los talleres que dicto,  en lo que escribo y si lo encuentran chévere, si no, no importa.

Y ahora que mencionas tus talleres, hablemos de esta otra faceta tuya, la de narradora oral, ¿cómo empezaste a contar cuentos?
Empezamos como en 2001 o 2002 a contar cuentos con Casa Taller. Iniciamos con Carlos Fong, con Dagoberto Chun, con Alejandro Glez Horta, él canta los cuentos.
Esto era algo que nos unía. Queríamos hacerlo porque habíamos visto a Nicolás Buenaventura Vidal y nos dijimos “queremos ser como él cuando crezcamos”.
Ha sido más de una década en todas partes del país, nos faltó Bocas del Toro. Me gusta contar cuentos breves. Vivimos tiempos tan rápidos, casi relámpago, que las historias no pueden ser largas. Por eso los niños se cansan en una hora de clase que dura 40 minutos. Hay que hacer historias que los atrapen en cinco minutos.
Pero lo mejor de contar un cuento es ver no solo al niño, sino también a sus padres y a sus abuelos disfrutándolo. Allí te dices “he hecho una buena labor”.

¿Crees que todos llevamos un niño por dentro?
Sí. Por ejemplo, a mí cuando trabajé en el periódico siempre me pareció un ambiente muy adulto. Me gustaba hacer las entrevistas, pero por los demás era muy tenso. No sé si quieras poner esto, pero al final de la jornada, mientras esperábamos a que salieran las páginas, nos poníamos a cantar. Ya cumplí 50 años y tuve un período de que “¡chuleta ya voy mmm…!”, pero me encanta ser divertida. No siempre puedes estar alegre. Por ejemplo, mi mamá falleció el año pasado y por supuesto me da nostalgia recordarlo. Murió de 95 años y fue una mujer increíblemente divertida. Sé que tengo mucho de ella.

¿Cómo se da esta mudanza a Volcán?
Alejandro siempre ha sido de campo; él nació en Cuba. Hace unos años participé en el taller Conexión Drácula que reunió a una serie de artistas para una residencia en tierras altas, Chiriquí. Alejandro me fue a visitar. Al año siguiente se repitió la experiencia y Alejandro también fue a verme. Cuando regresamos me dijo: “ya está, tenemos que mudarnos”. Volcán es el lugar. Un sitio tranquilo, con clima agradable. Pensamos en Boquete, pero se ha encarecido mucho.

¿De qué viven en Volcán?
Soy traductora y escribo, mi trabajo puedo hacerlo en cualquier sitio. Alejandro es músico, así que ameniza en diferentes lugares de David o Boquete. Aquí podemos vivir muy bien. Estamos hace dos años y medio, felices. Y no hemos dejado el proyecto de cuentacuentos.

¿El entorno ha favorecido tu escritura?
Sí. Voy a la Biblioteca de Boquete; es muy linda; huele a madera. También voy a la Biblioteca Pública de David.

Con los teléfonos celulares y las tabletas la gente está muy ocupada para tomar un libro.
El problema no son los teléfonos o las tabletas, sino que pases tiempo allí solo jugando o solo trabajando. Los libros no van a desaparecer, siempre habrá gente a la que le guste el libro, pero no podemos negar la fuerza del libro virtual; no hay vuelta atrás. Claro. Nada como abrir un libro y sentarse con él.

 

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