rosabel1 - Rosabel Miró y su amor por las aves

Rosabel Miró tuvo su primer encuentro con un ave en 1994. Era una universitaria que asistía casi movida por las puras ganas de salir de su casa a una excursión nocturna para ver búhos en Gamboa. Convidó a un amigo de clases a la aventura. Los dos se encontraron con un grupo “de gringos” de avanzada y mediana edad. Como hablaban inglés, Rosabel y su amigo casi no les entendían. En el preámbulo a la caminata, el grupo -biólogos, investigadores, amantes de la naturaleza- estaba reunido dentro de una residencia, en el exterior había una piscina. Rosabel y su amigo prefirieron salir a la alberca y hablar de cualquier cosa.

De repente avistó un pájaro elegante de pupilas anaranjadas y plumaje escamado en tonos pardos, posando en la silla metálica de salvavidas que estaba frente al agua celeste iluminada por una secuencia de lámparas. Emocionados, ambos jóvenes e inexpertos corrieron a avisarle al grupo, que se asomó en tropel.

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-¿Dónde está?- les preguntaron.
-Allí estaba- respondieron a coro mientras señalaban la zona en vano. El animal se había ido.
-Y, ¿qué clase era?
-¡No sé!- respondió Rosabel, muerta de vergüenza, encogiendo los hombros. La respuesta causó malestar, les creyeron artífices de un timo. Entonces ellos, “los nuevos”, se marcharon cabizbajos por el sendero en busca de los búhos.

Rosabel supo unos meses después, al estudiar un libro de las especies de aves, que aquel visitante emplumado de la piscina había sido un autillo tropical. Así empezó a sentir cosquillas por divisar aves en las copas de los árboles. También descubrió que tenía un talento, el de detectar entre la espesa vegetación las siluetas de los pájaros.
Con esa habilidad, definida por ella como “una atracción que hace mirar para allá”, pronto dejó de pasar desapercibida y logró popularidad entre los excursionistas.

Todo el mundo se me pegaba porque quería ver a través de mis ojos”. ¡Allá, en el canto de esa rama hay tres pájaros! advertía a los compañeros, luego de afinar sus hallazgos al comprar sus primeros binoculares Bushnell, una ganga, por 50 dólares.

De curiosa a experta

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Atrás quedó la novata universitaria de la carrera de Administración en Turismo. A sus 50 años, Rosabel es una autoridad en las aves. Desde hace 10 años es también directora ejecutiva de la Sociedad Audubon de Panamá, una organización sin fines de lucro encargada de promover el aprecio y conservación de las aves y su hábitat, a través de la observación, educación, investigación y participación ciudadana.

Antes participó en el mundo de las especies voladoras por 16 años, 7 de ellos fungiendo como voluntaria de Audubon.

Su último logro fue este mes, al convertirse en la segunda persona condecorada por el Biomuseo con su Premio Experto del Año 2017 por su destacada labor en pro del conocimiento, entendimiento de la diversidad natural y cultural de Panamá. Por decir “sí”, justificaría en un discurso ceremonioso Darién Montañez, coordinador del programa público del Biomuseo, la respuesta siempre afirmativa que suele dar Rosabel al ser invitada a formar parte de iniciativas relacionadas con el ambiente.

Sobre su recorrido, la activista piensa que “estar expuestos” es el mejor mecanismo para descubrir un talento. “Me quedo pensando en cuántos niños en este país tal vez pudieron ser excelentes músicos, pero nunca descubrieron que tenían un don porque nadie los acercó a ese mundo. En mi caso, tuve la oportunidad de estar expuesta a ver aves”, dice en tono reflexivo. Es el objetivo que persigue desde 2009 con la creación del programa Aulas Verdes de Audubon, basado en salidas grupales a los bordes de la bahía de Panamá para ir entrenando los ojos de estudiantes en la identificación de aves.

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Para la especialista, la bahía de Panamá tiene una importancia poco conocida por los ciudadanos. Cuando la marea baja la gente suele llamar con desprecio “fango” o “lama” a la superficie del mar más próxima a la orilla, pero realmente en el barro que aflora hay gran cantidad de nutrientes para las más de 400 mil aves migratorias que se alimentan del amelcochado natural, mientras se detienen en el istmo en su tránsito al huir del frío del norte. Lugares parecidos a la bahía de Panamá se hallan solo en México, en zonas remotas, alejadas de la poblaciones y a las cuales cuesta llegar, mientras que aquí se puede apreciar la variedad de aves y sus danzas en sincronía en plena urbe con solo bajar del automóvil, en Panamá Viejo o en los miradores de Costa del Este, detalla la observadora.

Su labor ha dado peso a la gestión de la protección de los humedales, cruciales como refugios de vida silvestre, además mediante conteos de aves -promovidos por Audubon- organizan y publican estadísticas en libros y estudios como La Lista de Aves de Panamá 2016, que arrojó la presencia de  mil dos especies identificadas. Más reciente, hizo el trabajo de curadora para presentar la exhibición temporal “El cielo cubierto de infinitas aves”, montada en el Biomuseo hasta marzo, de fácil comprensión para niños y adultos.

Rosabel es una promotora de la vida silvestre que, más allá de quedarse viendo aves, las defiende.