Todo empezó durante su tratamiento de quimioterapia, y por insistencia de su amiga Aura, quien le decía: “pinta Lety. Eso te va a ayudar, es como una terapia”. Aura hablaba desde su experiencia como sobreviviente de cáncer. A ella, coser le ayudó.

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Durante años, Leticia Almanza trabajó como diseñadora gráfica. Su último trabajo fue en el diario La Prensa, donde también cuidaba de la imagen de la revista Ellas. Su talento, pero sobre todo su buen genio y compañerismo, cautivaba a quienes la conocían y de cariño terminábamos llamándola Lety.

Problemas de salud, uno tras otro, la fueron debilitando y cambiaron su vida. El diagnóstico de cáncer de mama y todo lo que acarreaba le hizo tomar la decisión, junto a su madre, de vender su apartamento y mudarse a Volcán, Chiriquí, un lugar que ambas habían visitado en vacaciones y que les traía mucha paz.

A principios de este año, Lety estaba pasando por lo que ella llama la “quimio roja, esa que te tumba el pelo”. Para rematar, tenía un hombro dislocado y un brazo fracturado. A veces sentía que no acababa de salir de un problema de salud cuando aparecía otro.

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Sin embargo, afuera, cada mañana estaban los pájaros cantando. “Venían con su ópera”, dice. Lety a veces los grababa con su teléfono celular y mandaba el audio a algunos amigos. “Yo les decía, escúchenlos, escúchenlos, y algunos hasta me comentaban: ‘me has bajado el estrés que tenía en la compañía”.

Creó un grupo en Whatsapp llamado Vida de Gato y allí comparte con sus amigos noticias de su salud y las novedades de su vida en Chiriquí. Ese grupo aún le apoya mucho.

CON LÁPICES DE COLORES
Con los hombros demasiado adoloridos para tomar un ratón de computadora y diseñar, Lety intentó canalizar su creatividad. Empezó a pintar con pastel.
Pero finalmente los lápices de colores se convirtieron en su herramienta. No había que limpiarlos como los pinceles. Eran más fáciles de usar.

Empezó por pintar al tío chicho. “Es un pajarito pequeñito que le dicen así pues su canto es como tiochicho tichicho”, me explica. Buscó los detalles en internet. Más adelante alguien le regaló un libro de aves.

Ese primer pajarito se lo obsequió a la vecina. La misma que alimenta las aves y las hace llegar en cantidades. Continuó dibujando, practicando.

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Compartía sus avances en las redes sociales y sus amigos le incentivaban a seguir. Pero lo más importante era que pintar la relajaba.

En esos días en que sentía mucho dolor y no tenía ganas de nada, ni siquiera de ver televisión, el dedicar horas a sus pajaritos la entretenía.

¿Qué tal una exposición?
A su amiga Aura, Lety le regaló un tucán. Ella lo llevó al Banco Nacional, donde trabaja, y así a alguien se le ocurrió proponerle hacer una exposición.
A Lety le halagó la idea, pero no se sentía lista. “Pensé: yo estoy vuelta leña, ¿qué voy a poder hacer una exposición?”. Además, cuenta, sus dibujos eran pequeños. Y todavía no los consideraba suficientemente acabados. Siguió practicando.

Regalaba sus obras. Una amiga le compró unos dibujos. “A ella le dije: ‘no sabes lo que has hecho por mí’. Pintar en la mesa del comedor me cansaba mucho y ahora podría comprar mi mesa de dibujo”.

Recibía buenos comentarios de sus pájaros, pero la decisión la tomó el día en que terminó un ave y se dijo: ahora sí estoy lista. Eso fue en el mes de mayo.
“Con la ayuda de amigos conseguí mejores materiales, ellos me obsequiaban y con mucha paciencia yo seguía pintando”. Oropéndolas, ruiseñores, carpinteros. Poco a poco aprendió a reconocerlos. Entre más colores tenía un pájaro, más quería pintarlo.

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Pintar resultó una terapia maravillosa. Distraía su mente y casi sentía que podía controlar el dolor y el sufrimiento. “No digo que no seguía sufriendo, pero lo llevaba mejor”.

El día de esta entrevista fue muy especial para Lety. En la tarde tocaría la campana en el Instituto Oncológico, un ritual que hace cada paciente al finalizar su tratamiento. Ella se había hecho 30 radioterapias.

En la mañana, asistió a la Casa Museo del Banco Nacional en la avenida Perú; allí llevó algunas de sus obras y contó esta historia.

Había pasado un mes en Panamá hospedada en un hotel. Un beneficio que se les da a los pacientes del Oncológico que no tienen dónde quedarse en la ciudad. Acompañada, como siempre, de su adorada mamá. Al día siguiente regresarían a su casa en Volcán.

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Le sienta bien vivir en tierras altas. “Es un lugar hermoso. Cuando estoy allá la vecina me regala crema de espinaca, la otra vecina me teje un abriguito, el vecino de enfrente que casi no habla llega con una enorme canasta de zucchini. ¿Qué voy a hacer con tanto zucchini?, me digo, y lo reparto, como hacen todos”.

“Allá no hay pitos de carros, solo de los pajaritos. ¿Qué más se puede pedir, Roxi?”.
El 24 de octubre, a las 10:00 a.m., Lety tendrá su primera exposición en la Casa Museo del Banco Nacional, en calle 34 Bella Vista.

“Antes de que me pasara todo esto yo no sabía que podía pintar”, dice. La muestra se llama Volviendo a volar.