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Un informe preliminar del Ministerio de Salud indica que de enero a octubre de este año han entrado en control prenatal 8 mil 946 jóvenes de entre 10 y 19 años. Hasta hace unos pocos meses (de enero a junio de 2014), la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (Senniaf) había detectado 5 mil 476 casos de adolescentes embarazadas. Es decir que la cifras definitivamente van en aumento.

Según la Encuesta Nacional de Salud Sexual y Reproductiva 2009 (Ennaser) la iniciación en la vida sexual de los jóvenes panameños se ubica entre los 14 y 18 años.

Una investigación que lleva a cabo el Instituto Conmemorativo Gorgas señala que hay una alta incidencia en jóvenes de entre 15 y 24 años de enfermedades de transmisión sexual como el virus del papiloma humano, clamidia, gonorrea y sífilis. Sin dejar de mencionar que se registran muertes por VIH/sida entre jóvenes de 15 y 24 años.

Expuestos. “Todos somos bombardeados por imágenes y contenido sexual, pero esto es importante en aquellos que aún se están formando, porque puede ser una información no clasificada y tergiversada que entorpece el crecimiento sano de su sexualidad”, señala el diputado Crispiano Adames, proponente del proyecto de ley 61 sobre educación integral, atención y promoción de la salud sexual y reproductiva.

Para la abogada Joyce Araujo, presidenta de la Fundación para la Equidad de Género (Fundagénero), la sexualidad actualmente se ve como tabú, aun cuando se habla entre adultos.

“La sexualidad suele reducirse al mero acto coital, pero es mucho más amplio”, manifiesta Juan Lu, coordinador del programa de jóvenes de la Asociación Panameña para la Planificación Familiar (Aplafa). “Los humanos somos sexuados y la sexualidad se expresa en el momento en que elegimos qué ponernos o maquillarnos para que cuando se llega a un lugar se note nuestra presencia. Eso marca la sexualidad de la persona, no se engaveta”.

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Entre escape y ser confiada. “Eso no me va a pasar a mí”, pensó la joven Isabel Pimentel, de 16 años, que tras dos años de noviazgo salió embarazada. Ella reconoce que siempre estuvo rodeada de información sobre preservativos y  enfermedades de transmisión sexual, ya que su madre adquirió el VIH a través de su esposo, quien había recibido una transfusión de sangre infectada.

Su madre fue su apoyo, ella le insistió en que no dejaría la escuela y decidieron mudarse al interior para que Isabel estuviera más tranquila.
Inicialmente no quería ir a su nueva escuela, pero sus compañeros la recibieron cordialmente e incluso la mimaron durante su embarazo. Pimentel, hoy de 26 años y también madre de un recién nacido, reconoce que en el colegio privado donde estudiaba inicialmente hubiera sido problemática su continuidad en el plantel.

La historia de Isabel Pimentel es la excepción a la regla, ya que de acuerdo con estimaciones del Ministerio de Educación, el 65% de las madres adolescentes deserta del sistema escolar.

Linoshka López, de la red juvenil Impulso de Ideas Creativas en La Chorrera, reconoce que el embarazo precoz detiene a la chica de empoderarse a través de la educación.

Para Araujo, en este tema hay un componente de género, porque la chica que resulta embarazada es muchas veces la que sale del sistema escolar, mientras que el varón, que tal vez también sea adolescente, si se mantiene estudiando sin ningún impedimento. “En el mejor de los casos, la joven regresa a los 4 o 5 años cuando alguien puede cuidar al bebé, y no llega en igualdad de condiciones”.

Las leyes panameñas castigan el abuso a menores, aun cuando haya consentimiento por parte del menor. En el 70% de los casos de embarazos adolescentes registrados, el padre de la criatura es un mayor de edad. Sin embargo, el número de chicas embarazadas no se acompaña de la misma cifra de adultos en prisión por abusar de ellas.

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Idalia Martínez, directora del Senniaf, así como Juan Lu, de Aplafa, coinciden en que una manera de bajar esos altos índices de embarazo precoz es la certeza del castigo para aquellos que tienen relaciones sexuales con menores.

“Es importante reconocer que el adulto es el responsable, es decir, la chica se podrá ver muy bien y ser quien dé el primer paso, pero como adulto tengo la responsabilidad de decir no”, afirma Lu.

Por otro lado, en la experiencia de Juan Li, cuando hablas con las mamás, ellas te dicen que les hablan “a calzón quitao” a sus hijas. “Según ellas, les dicen que ‘si le meten la… la van a embarazar’, y eso no es educar”.

Indica que la forma de educar a los adolescentes difiere si son niños o niñas. “Si le preguntas a un padre cuál es el mayor temor para con su hija, dice que se la embaracen, y con su hijo, que sea gay. Si le preguntas a la madre su temor para con su hija, te dirá que se la embaracen, y con su hijo, que caiga en las drogas”.

“¿Por qué no puede ser el mismo miedo? Ese en el que tu hijo adolescente pueda embarazar a una joven. Tenemos miedo a lo que hace la chica adolescente, pero no nos preocupamos por lo que hace el varón”, añade Lu.

Esto lo respalda Idalia Martínez, que considera que siempre se señala a la madre adolescente, pero nunca se apunta el dedo hacia el que la embarazó.
Entre casa y escuela. Para todos los entrevistados, la educación integral en salud sexual y reproductiva debe partir de casa.

La Constitución y el Código de la Familia indican que el primer círculo de responsabilidad de la educación de los niños son los padres y madres de familia.
“Los mejores maestros en educación sexual deben ser papá y mamá, porque ellos pueden hablar de temas íntimos. Si ese papá o mamá no mantiene una comunicación adecuada, se puede distorsionar la información sexual con el compañerito de la escuela”, dice la directora del Senniaf.

Tanto Martínez como Lu reconocen que la conversación entre padres e hijos sobre educación sexual debe fluir de manera natural y no alarmarse ante las preguntas que les hagan, dar la respuesta más clara posible y no evadir la pregunta.

La directora del Senniaf indica que se deben llamar las cosas por su nombre. “No llamar al pene ‘el pajarito’ del niño o a la vagina ‘la cosita’ de la niña, porque cuando reciben la información correcta, sienten que sus padres les mintieron o no saben nada”.

Crispiano Adames comenta que algunos sostienen que promover información de salud sexual y reproductiva pudiera alentar la actividad sexual entre los jóvenes, pero entonces él compara la educación  integral  con los programas de prevención de drogas. “Cuando se brinda información sobre el consumo de drogas no estamos invitando a la gente a que las consuma ni incide en un aumento del consumo; al contrario, es dar información científica para tomar  una decisión”.

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