Karen Vargas estudió periodismo como su papá, el  narrador deportivo Edmundo Vargas. Abajo a la derecha, de pequeña junto a su papá, la primera vez que ella salió en televisión para la transmisión del Mundial de México 1986.

FRENESÍ DE PADRE E HIJA
Karen Vargas, comunicadora
El fútbol y el periodismo corren por las venas de Karen Vargas, hija del comentarista deportivo  Edmundo Vargas. Su padre narró por televisión los partidos  de la Copa Mundial  desde 1970 hasta 1994, y en varias ocasiones  lo acompañó al estudio.

Hoy ella es periodista como su papá y desde hace tres años se desempeña como gerente de mercadeo del equipo Deportivo Árabe Unido de Colón.

“Me gustaba mucho [el periodismo] porque desde chiquita mi papá me llevaba al estudio siempre que tenía los mundiales. Él presentó siete mundiales, siempre hablaba de Brasil, de los jugadores y demás.  Me gustan todos los deportes, pero mi pasión es el fútbol. Todo eso me lo inculcó mi papá, creo que sin querer”.

Karen es la menor de tres hermanas, pero es la única que estudió la misma carrera de su padre y que se apasiona por el fútbol como él. Los dos son fanáticos del equipo de Brasil. “Veíamos los partidos juntos. Mi papá recibía revistas de fútbol, eso también me agradaba, y trataba siempre de aprender y le preguntaba. Él fue quien me enseñó las reglas de fútbol”.

Una anécdota que recuerda fue cuando viajó con su papá a Bogotá  para ver un partido de Colombia contra Brasil. Ahí fue cuando vio jugar por primera vez a Ronaldinho.

De su padre admira su memoria. “Tiene una capacidad de recordar tantas cosas y detalles de aquellos mundiales, y de tantas épocas del fútbol, que para mí es envidiable”.

 

DEL DEPORTE AL DERECHO
Cristina Mata, abogada

Cristina, embarazada de cinco meses, corre con su papá  en  un viaje familiar. Los dos son abogados. Ella es triatleta y él maratonista.

De Francisco Javier Mata, su papá, ha aprendido a disfrutar del tiempo libre, a practicar deporte y hacer un buen café, cuenta Cristina Mata. 

Los dos son abogados y deportistas: ella es triatleta y él maratonista.

“Mi papá me permitió hacer con mi tiempo libre el deporte que más me gustara; siempre dedicó tiempo a compartirlo conmigo. El primer deporte fue el tenis, luego lo acompañaba a correr al parque, me llevaba de la mano para que no me quedara atrás; muchas veces tuvo que esperarme y jamás le dio pereza o dejó de llevarme por ir yo más despacio, siempre quería que lo acompañara ya que era la única en la familia que se despertaba temprano”.

Incluso padre e hija tenían un club llamado “early preparation club”. “Ahora toda mi familia corre, mi papá ha hecho más de tres maratones y mis hermanos también; mi mamá también corre”.

Su familia tiene una firma de abogados creada por sus padres, donde Cristina además trabaja con uno de sus hermanos, Juan Carlos, también abogado. “De mi papá podría decirse que aprendí de todo,  derecho marítimo, abanderamiento de naves, registro de títulos de propiedad, hipotecas navales. Desde 2004 trabajo con él, cuando estaba en la universidad como asistente legal y cuando me gradué como abogada”.

Cristina asegura que su padre le ha enseñado además a valorar el tiempo, a tener paciencia y a trabajar con calma. Dice que comparten la misma manera de ver la vida. “Nos gusta estar tranquilos, sin estrés”, y a ambos les fascina “la naturaleza, el mar, la playa, el sol, el aire libre”.

 

SEGURA ADMIRACIÓN
Ana Sofía Rodríguez, corredora de seguros

Ana Sofía y su papá, Mario Augusto Rodríguez comparten el día a día dirigiendo la empresa familiar
Desde pequeña, durante las vacaciones de verano, Ana Sofía Rodríguez trabajaba en la empresa familiar, Grupo Inverseguros, dedicada a la asesoría de seguros y protección patrimonial. Una vez recibido su diploma en Administración de Empresas con énfasis en Gerencia por la Texas State University, regresó a Panamá y entró a trabajar en la empresa a tiempo completo. “Pero indicándoles a mis padres que sería temporalmente, que quería trabajar en otro lado antes de dedicarme al negocio familiar”, cuenta.

Sin embargo, su padre, el corredor de seguros y presidente de la compañía, Mario Augusto Rodríguez, estaba convencido de que esta era la profesión adecuada para su hija. “Poco a poco me fue dando responsabilidades, espacio para crecer, y me motivó a trabajar por lo que él había sembrado”.

Al principio, comenta que no fue sencillo, pues si bien “el que fuera la hija de Mario Augusto Rodríguez me conseguía la cita”, todo lo demás dependía de ella. “Al principio me preparaba por horas antes de una cita, ensayaba y repasaba todos los escenarios, las objeciones de cierre, pero nunca anticipé lo que me decían al final: “¿Y tu papá qué opina?  Dile que me llame y conversamos de las propuestas”, dice. Eso la motivaba a trabajar  más duro para que, pese a su juventud, “no se cuestionaran mis recomendaciones o criterio como asesora de seguros”, recuerda.

Han pasado 14 años desde aquellos inicios. Hoy, Ana Sofía es la directora asociada de la compañía, y es socia y colega de su padre. Las lecciones que ha aprendido de su maestro son muchas, pero considera que profesar amor por lo que se hace es la más importante de todas. “A través de su ética de trabajo demuestra amor y preocupación por sus clientes. Esta enseñanza no solo ha permeado en mí, sino también en mis hermanos, que hoy en día también son parte de la empresa”.

Cuenta que su admiración por su padre es enorme: le pide consejos a diario y escucha con detenimiento cada una de sus recomendaciones. “Él es un hombre generoso con su conocimiento, no ha sido solo mentor para mí, sino para muchos otros corredores de seguros en la industria panameña. Me causa una enorme satisfacción llevar su apellido”.

 

SERVIR ES ESCUCHAR
Gabriela Pinzón, médico general

Gabriela es médico general y trabaja en el Hospital del Niño junto a su padre, el ortopeda Armando Pinzón.
De pequeña, Gabriela Pinzón esperaba emocionada a que llegara su papá del hospital de Colón, donde trabajaba en ese entonces. “Escuchaba el pito del auto desde el apartamento donde vivíamos y salía emocionada a saludarlo con apenas dos años”, dice de la escena que le ha contado su madre.

Hoy Gabriela es médico general y trabaja en el Hospital del Niño con su padre Armando Pinzón, que es ortopeda.

Verlo llegar a casa “lleno de felicidad” después de  un día de trabajo, y ver cómo sus pacientes lo saludaban con cariño cuando salían en familia, crearon en ella el interés de estudiar la misma carrera. “Me dieron ganas de sentir eso, de que después de una jornada de trabajo había podido ayudar aunque sea a una persona y llegar a casa feliz como mi papá”.

Asegura que su padre le ha enseñado mucho en el ámbito profesional, pero una de las cosas que siempre le recuerda es mantener la humildad en su trabajo. “Que servir es escuchar, que la mejor medicina no es la que el médico quiere dar, sino la que el paciente necesita”.

El mejor consejo que le ha dado ha sido: “No seas un médico que ve solamente radiografías o exámenes para dar un diagnóstico; utiliza tu ojo clínico y pon siempre al paciente primero. Trata a los pacientes como si fueran tu familia, a veces se necesita más una palabra de aliento que un medicamento”.

Gabriela también comparte con su papá el gusto por el fútbol. Una tarde perfecta es ver juntos un juego, comer un delicioso asado preparado por él, y tomarse una copita de vino.

 

LECCIÓN: LANZARSE AL AGUA
Beatriz Fábrega, chef pastelera y empresaria

Beatriz Fábrega junto a su papá Juan Antonio Fábrega en Vanille
Juan Antonio Fábrega ha trabajado por años en la industria  cervecera, por lo que tiene  muy claro cómo moverse en el mundo de los negocios, y ese conocimiento se lo  transmitió a su hija menor, Beatriz. Ella es chef pastelera y una de las propietarias de Vanille, una pastelería con dos sucursales, y sus días transcurren entre la cocina y el mostrador, sobre todo en su local de Costa del Este. En los meses de más sobrecarga de trabajo, como diciembre, la jornada comienza a las 4:00 a.m. y termina pasadas las 7:00 p.m.

No obstante, cuenta que hace unos años deseaba un empleo tranquilo, pero al poco tiempo de haberse graduado como pastelera, su padre le insistió en que debían abrir un establecimiento. “Yo trabajaba desde mi casa, estaba cómoda. Como que todavía no sabía si tirarme al agua y se dio la oportunidad  de comprar Vanille. Compré este negocio ya andando, y entonces él es el que pone el norte, las metas”.

Los mejores consejos que recibió de su papá para manejar su propio negocio fueron:
1.  “Estar clara de todos los números”.
2. Hay que trabajar “durísimo” porque “nada es  gratis. Tienes que trabajar y estar aquí todo el día porque si no el negocio no funciona. El día que no estás, entonces las cosas no funcionan igual”.
3. Aprender cuándo debes presionar a tus empleados o comprenderlos. “Para manejar empleados hay que ser muy persona, muy delicada. Todo el mundo tiene siempre sus cosas andando en la casa y a uno a veces se le olvida”.

Beatriz Fábrega comenta que siempre tuvo una relación cercana con su papá, y en las mañanas, antes de ir a la escuela, “caminaba en el parque Omar con él para hacer ejercicio a las 5:00 de la mañana, y después me iba para la escuela. Él me despertaba. Por lo menos todas las mañanas estábamos juntos”. Utilizaban este tiempo para conversar sobre  “el novio, la escuela, lo que fuera, de ‘qué quieres hacer”.

Al crecer, su padre  intentó inculcarle su amor por la cerveza,  pero a Beatriz no le gustaba. “Mi papá me quería desheredar porque no me gustaba la cerveza. Ahora ya me empezó a gustar y curiosamente todos los días que  llego a mi casa me tomo una cerveza.  Me encanta que, irónicamente, una se convierte en su papá”.