70e4feaf410c7983effdb2ab9c10734a - Conversaciones con Adrienne Samos

Era 2011. En la antigua sede de la galería Arteconsult, en  el número 34 de la calle 72, San Francisco, Adrienne Samos exponía, en una entrevista, la premisa de que, contrario a lo que pueda creerse, el arte contemporáneo está más cerca del espectador actual porque le habla de su vida cotidiana. “Hoy todo puede ser material de arte y por eso todo lo que en la vida es importante, en el arte también lo es. Si la gente lo viera de este modo se emocionaría más frente a este arte que con un Rembrandt, porque habla de la realidad inmediata”, expresaba Samos en ese entonces. Cinco años después, en el salón de su casa, sonríe cuando traigo a colación la anécdota junto con la poderosa idea que encierra. 

La curadora y crítica de arte Adrienne Samos ha sido uno de los pilares de la reflexión intelectual sobre el arte en Panamá. Además de su participación en la curaduría de una amplia cantidad de exposiciones de arte contemporáneo en Panamá y el extranjero, desde la década de 1990 sus escritos han tomado el pulso al devenir de la creación artística istmeña. Su manera particular de desbrozar el hecho artístico y presentar un análisis de la obra con claridad y contundencia ha influenciado en una gran cantidad de jóvenes intelectuales panameños y artistas, primero desde la tribuna de Talingo, revista cultural del diario La Prensa (1993-2003) que fundó y dirigió, y luego en una gran cantidad de revistas locales y extranjeras.

Una recopilación de cinco ensayos que se extienden desde esa década al año pasado componen su nuevo libro Divorcio a la panameña. Saltos y rupturas en el arte de Panamá: 1990-2015. La obra, que fue presentada ayer en la Casa del Soldado, pertenece a la colección Escrituras locales. Posiciones críticas desde América Central, el Caribe y sus diásporas, editado por la Fundación TEOR/éTica  Costa Rica, la cual recoge en varios volúmenes los trabajos de teóricos, críticos culturales y curadores sobre el arte producido en la región centroamericana. La selección de textos estuvo a cargo del curador en jefe de esa institución, Miguel A. López.

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Una ruptura ‘noventera’

Realizados a lo largo de 15 años, la revisión de los textos ha llevado a la investigadora a sopesar el valor periodístico de la actualidad y la distancia histórica. “Lo que se escribe en el momento es algo muy valioso, lo tienes fresco y tienes el sentir de los actores principales y de quienes están al margen, y aunque agarrar la verdad en toda su dimensión es imposible, lo más cerca que uno puede llegar es tomando en cuenta lo que se pensó en el momento y a la distancia hacer reflexiones distintas”, expresa. Además, ha sido para ella un ejercicio apasionante que le ha permitido ver la evolución de su propio pensamiento.

Uno de los ejes más importantes de la publicación es dilucidar por qué hubo una ruptura en formas e intención en la década última del siglo pasado. Samos vuelve en varios textos sobre el establecimiento de los años 90 como una época definitoria en la que comienza a craquelarse la hegemonía de la pintura de caballete en el istmo en favor de un arte más conceptual. “El medio de la pintura, al ser una ficción, se presta para el escapismo. En ese momento Panamá tendía a darle la espalda a la realidad y la pintura era el medio para eso: los paisajes, el abstracto, lo intimista. Excepto por dos artistas, Julio Zachrisson y Guillermo Trujillo, cuya influencia se extendió a esa generación de final de siglo”.

Un antecedente inmediato de este volver hacia otro lado lo ve en el período torrijista y norieguista, cuando “como toda dictadura, era un período de negación tremenda donde lo único aceptado sin duda alguna fue la relación difícil con Estados Unidos”. El arte menos apreciado era el muralista, que precisamente promulgaba al artista como agente activo en el cambio de la sociedad, observa.

A principios de 1990, jóvenes publicistas, diseñadores gráficos, videastas, comienzan a trabajar con sus instrumentos usuales, que convertirán en los nuevos medios, cambiando con su hacer la práctica formalista por una que mira a la realidad, reflexiona sobre ella y trata de subvertirla. “Teníamos la formación técnica para eso, aunque en bellas artes no tuviéramos una gran academia. Y vienen estos artistas jóvenes con este know how  tecnológico y una visión más contemporánea, que incorpora el sentido del humor, el  humor negro y el sarcasmo”.

Aunado a esto, para esta época se comienzan a estrechar lazos con la comunidad artística centroamericana gracias a la Bienal Centroamericana y al trabajo de Virginia Perez-Ratton, gestora cultural costarricense y creadora de TEOR/éTica. Este trasiego de cooperaciones e influencias es otro de los puntos fuertemente analizados en la obra. “Virginia nos unió, y fue más allá hasta instaurar una crítica sistematizada para lograr que nos miráramos con nuestros propios ojos, descartando las visiones de las sociedades colonizadoras sobre las nuestras”.

Más allá de lo local, Samos se detiene en el análisis de la relación con el arte contemporáneo mundial. “Cómo irrumpió en el mundo entero y cómo la  globalización nos ha afectado, cuáles son los elementos que nos han ayudado a hacer ese cambio y dónde estamos parados”.

Más espacios de pensamiento

Un punto crucial que puso en claro en su libro es la voluntad de que existan más publicaciones dedicadas a la cultura y espacios de crítica. Estas, a causa de la debilidad de las instituciones en este renglón, deberían ser más numerosas para poder promover una verdadera escena cultural, propone la experta. Esa fue una de las misiones que llevó adelante al frente de Talingo. “En Talingo, quisimos instaurar una crítica donde había que sustentar; no alabar ni destrozar. Si me gusta algo, por qué y por qué era importante, pero que hubiera un espacio de discusión”.

“Como siempre, no hay subvenciones para el arte ni espacios, excepto los que se tratan de mover con  dificultad en los diarios. Se nota la gente que, entre el marasmo de actividades que tienen que hacer, están tratando de llevar adelante esa reflexión que es necesaria para que el buen arte germine y florezca”, elabora Samos, quien sostiene que hay que irse más allá del anuncio o el propio artista. “Lo importante no es el artista, sino que se cree un movimiento, una escena artística fuerte y saludable que solo puede pasar cuando hay buena información, reflexión y discusión, y no hay que subestimar al lector”.

Considera que, a pesar del mentado elitismo, el verdadero arte siempre ejerce una influencia. “Aunque no sea inmediata, de alguna manera te llega. Todavía, a un cierto nivel, el arte es la pintura muy decorativa, desafortunadamente, pero hay en la clase media una conciencia mayor de ciertas cosas. Es una influencia que a fin de cuentas nos hace mejores”.

Sobre el arte actual istmeño, sentencia que el arte que gusta, que vende y es políticamente correcto, es una forma de oportunismo. “El artista debe tener siempre una relación difícil con la ética y con la estética; que esa es la función del artista, cuestionarlo todo. Un artista que todo el mundo acepta y que está muy bien no es un buen artista. Porque si él no se atreve, ¿quién?”.

 

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