ff8df023af0f39e0738b7f8b5aea284b - Las muchas primeras filas de New York Fashion Week

Afuera…
Dos enormes caballeros con afro y trenzas escultóricos, y pantalones perfectamente planchados, estaban apostados frente a la fuente de Lincoln Center, sin interactuar con nadie, ni entre ellos, menos mirar las muchas cámaras que los retrataban, cual si fueran dos estatuas vivientes. Quienes les retrataban no les preguntaban quiénes eran ni a cuál desfile asistirían, pues uno supone que estando a las puertas de la semana de la moda de Nueva York, que ocurrió del 4 al 11 de septiembre, y con una indumentaria tan llamativa, estarían camino a alguna pasarela; pero no.

Afuera de las carpas de la moda en Lincoln center.

Ellos nunca se movieron de allí, lo que quiere decir que no estaban invitados a desfile alguno, sino que eran unos de muchos que llegaban a la sede de la moda para llamar la atención de los fotógrafos, blogueros, periodistas y mirones que pasaban por el lugar. Este es uno de los efectos secundarios del fenómeno del street style, el afán de registrar lo que expresa la gente común y corriente en su vestir, y que ha llevado a muchos a vestirse como un disparate, con el único y claro afán de ser retratados a las puertas de la semana de la moda. Muchos caen en la trampa de darles ese minuto de gloria en estilo. En varios casos quien toma la foto muestra mucho más estilo que el sujeto del retrato.

 

Adentro…
Entre los estrafalarios-no-invitados se avistan también los verdaderos convidados, en su mayoría mujeres muy elegantes que visten del diseñador a quien van a ver, que en esta vuelta prefirieron vestir de negro o blanco y negro, o también hacer honor al diseñador cuya colección apreciarían. Para Badgley Mischka iban con mucho brillo; para Ralph Lauren la mayoría vestía de riguroso negro; mientras que para Lacoste, las zapatillas blancas eran casi un must.

Arriba, el actor RJ Mitte, entre otras celebridades, en el desfile de Lacoste. Abajo a la izquierda, la modelo Coco Rocha sale del estudio de E! en el lobby de New York Fashion Week. A la derecha, Abbi Crutchfield, de Curly Comedy, quien entrevistaba chicas rizadas en Lincoln Center.

Casi desapercibidos pasan los editores y los compradores de tiendas; para ellos la cita con la moda es trabajo y van vestidos acorde a la ocasión, pero sin esfuerzo de más ni buscando el flash de las cámaras; muchos las rehúyen y hasta se niegan a dejarse tomar fotos. En buena medida estos son los verdaderos VIP de fashion week, los editores son los encargados de correr la voz y hacer que el público ame las tendencias -y las marcas-, y los compradores son los encargados de tomar las grandes decisiones sobre qué de lo que ven allí se llevará a la venta en las tiendas que representan. En la primera fila de Jenny Packham estaba Ken Downing, colaborador de The Blog de Neiman Marcus, y en los primeros asientos de Ralph Lauren estaba la directora del equipo de compra y moda de Bergdorf Goodman, Linda Fargo, una de las figuras más poderosas de la industria del lujo.

Estos se codean con las invitadas más retratadas en un desfile después de las modelos, las actrices. Ellas salen silenciosamente de backstage, por la pasarela, hasta su asiento, y en ese camino son rodeadas por decenas de fotógrafos que les cierran el paso. Sonríen, conscientes de que están allí para eso, para verse lindas frente a la cámara, vestidas siempre del diseñador que las invita, y para quien su presencia en el desfile es un espaldarazo fuertísimo, que se seguro influirá en las ventas.
“A  la derecha”, “aquí, aquí”, “abajo”, les gritan los fotógrafos. Ellas obedecen, y si aquello se prolonga demasiado, un agente de seguridad los corre del todo, o por lo menos a los no profesionales: “si no tienen gafete de pasarela no pueden estar aquí”.

Las actrices Olivia Munn y Jessica Chastain (Der.) en Michael Kors. A la izquierda, la directora del equipo de compra y moda de Bergdorf Goodman, Linda Fargo.

 

Y corre la voz…
Todos estos personajes, los que se vistieron para ser vistos, los que lo hicieron para verse bien para el evento, y los que lo hicieron para trabajar cómodamente, quedan anulados cuando las luces se apagan y los fotógrafos comienzan a gritar “¡descrucen las piernas!” a quienes están en primera fila.

Entonces aparecen las verdaderas estrellas, y no me refiero a las modelos, sino a los diseños expuestos por primera vez. Para que logren deslumbrar, algunas marcas crean ambientes que hacen la experiencia inolvidable; otros concentran la atención solo en la pasarela con una iluminación impecable; unos más acercan los modelos a los invitados, diseñando la pasarela de manera que se muevan entre las filas de asientos.

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Esto antes se reservaba para pocos, pero ahora es una experiencia de millones. Marcas como Michael Kors transmiten sus desfiles en directo en su página web; otras como Tommy Hilfiger tienen un rapidísimo servicio de concierge que pone a disposición de los medios todo lo que puedan necesitar en imágenes y videos para divulgar enseguida lo que ocurrió. La mayoría ofrece acceso libre a Wi-Fi para que la noticia pueda correr en el acto a través de las redes sociales.

La voz corre instantáneamente, con la tecnología a la mano, literalmente, pues no hay invitado que no levante su smartphone para captar el momento. Las  tabletas, muy populares a orillas de las pasarelas años atrás, han sido erradicadas del todo. Todo se registra a través del teléfono.

Al salir de aquel tropel que termina en la calma y majestuosidad del desfile, se tiene la sensación de haber contemplado algo hermoso, como cuando se descubre  una obra de arte por primera vez en un museo. Puede ser que a los pocos minutos el ajetreo de la vida cotidiana o el afán por llegar al siguiente desfile borren poco a poco el suspiro y el brillo de la mirada, pero todos, no solo diseñadores, stylists  y directores de arte, somos capaces de encender esa llama una y otra vez cada vez que abrimos el clóset y tomamos la decisión de echarnos algo encima, y de expresarnos a través de esa elección.