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A las 6:00 de la mañana el sendero muestra sus músculos: diverso, infinito, rebelde. El sol se asoma, lo baña con su luz y las criaturas despiertan. Un domingo de finales de abril, 15 caminantes se internaron en el bosque por 10 horas para recorrer el histórico Camino de Cruces, una de las dos rutas de la colonia que comunicaba el Atlántico y el Pacífico, la vía por donde pasaron tesoros rumbo a España. Dispuestos a cumplir la meta: 30 kilómetros, lo que suma los dos tramos del camino, los pies avanzan.

Atrás, el ruido de los carros, la música de los borrachos del fin de semana, el estrés de la rutina. La selva nos recibe con su verde intenso, con el perfume de las flores silvestres y con el sonido de la vida en el bosque. Se siente la humedad con solo caminar 10 minutos. La luz se pierde a ratos por el techo natural que forman las ramas de los árboles, que anárquicas se encuentran en los lados y se abrazan por el frente. Aparecen las piedras del viejo camino que data de 1530. La tierra está mojada por las lluvias de la época y un guía advierte de que hay que tener cuidado. Pero el suelo es la clave, en las piedras aún se ven las huellas de los animales de carga que transitaron por la ruta. Historia y naturaleza, binomio puro que genera esta parte del trópico. Con el nacimiento del virreinato del Perú en 1542, el istmo se convirtió en la médula de las comunicaciones del sistema comercial entre Perú y España. Este sendero, que ha estado en peligro varias veces por el apetito del desarrollo, fue fundamental para esa ecuación. Mulas cargadas con metales preciosos dejaron su rastro.

De acuerdo con Jesús Sanjurjo Ramos en Caminos transístmicos y ferias de Panamá, siglos XVII y XVIII, el parque mular de los caminos de Cruces y Real era de mil 200 animales, agrupados en 50 recuas. Los historiadores Celestino Araúz y Patricia Pizzurno documentaron que, en 1571, el pirata Francis Drake, con la ayuda de negros cimarrones, se apoderó de un cuantioso botín luego de capturar tres grupos de mulas en este camino. Un año después el corsario atacó Nombre de Dios y se llevó un cargamento de barras de plata. En  Relaciones entre Panamá y Estados Unidos,  Araúz y Pizzurno plasman un relato del diplomático brasileño Miguel María Lisboa, en 1853, que evoca las dificultades del tramo: “ (…) diré al lector que yo he dado la vuelta dos veces al Cabo de Hornos en invierno, y prefiero darla 10 veces más, a cruzar el istmo de Panamá, hasta que no esté concluido el camino de hierro”.

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Cuatrocientos treinta y cuatro años después, la travesía no es tan fácil, pero tampoco imposible para el que esté dispuesto a caminar, a dejarse empapar por la lluvia y a enlodarse los zapatos. Árboles que parecen perderse en el cielo, y de gruesos troncos que proyectan sombras para el viajero cansado; helechos frondosos que crecen libres; plantas medicinales y, de vez en cuando,  un riachuelo. El último tramo de la primera parte de la ruta está compuesto por herbazales. Alguien cuenta que fue rehabilitado por Luis Puleio, un experto en caminos coloniales. Nos lo imaginamos de botas y sombrero, con un machete cortando la hierba durante días. “Es un héroe”, lo alaba uno del grupo.

Estamos sedientos, con las caras rojas por la intensidad de la sangre hirviendo y los pies quieren un alto. Pero hay que avanzar. “Falta medio día de camino”, dice Fer Baker, uno de los guías, quien ya advirtió que en la entrada del Parque Nacional Soberanía hay un bus que se llevará  al que no pueda seguir. Con la confianza de un expedicionario de esos que suben tres cerros en un día, Baker anima a las 15 almas aventureras a continuar el peregrinaje. Alcanzamos a ver el viejo cañón que marca el final de la mitad del viaje. Tomamos un descanso frente a la entrada del Soberanía.

Después de un ligero almuerzo, se anuncia un cambio de planes. Domingo de Obaldía y Fer Baker, los guías, comunican que los policías que custodian el parque no nos permiten internarnos en él. Dicen que hace varios meses malhechores atracaron a turistas en ese camino y no quieren que se repita la historia. No hay manera de convencerlos. Llega el plan B: el camino de La Plantación, que en una intersección se encuentra con el Camino de Cruces. “Hay que caminar más, y requiere de más esfuerzo”, dice Domingo, uno de los fundadores de Caminando Panamá. El bus nos lleva a Gamboa, a la entrada del camino. Pero ahora somos 14. Un chico se lastimó el tobillo y no pudo seguir.

Minutos después de empezar el camino notamos que faltan personas. Las esperamos pero no aparecen. Un grupo los busca. Llegan junto con la lluvia, y con noticias: a un compañero se le dañaron los zapatos y abandonó la expedición. Ahora somos 13. Avanzamos con el agua que cae del cielo y alivia los cuerpos afectados por la humedad. Una pendiente de vez en cuando y los corazones se agitan. El suelo a veces aparece vestido con las últimas flores amarillas de los guayacanes. Desde los árboles llega el canto de los pájaros que celebran la lluvia, y el aullido de los monos. Descansamos; varios preguntan cuándo vamos a encontrar el Camino de Cruces.  “Solo faltan tres kilómetros”, responde un guía. La expedición no se vence. La tierra está resbalosa. Hay que apartar arbustos espinosos para avanzar. Hay que subir lomas con roca y lodo, y luego bajarlas. “Llegamos al Camino de Cruces”, exclama uno. No es el final. La meta es Venta de Cruces, a orillas del río Chagres, y faltaban varios kilómetros.

Otra vez encontramos las piedras que cuentan historias de sangre y sudor, de conquista y conquistados. Estamos cansados. Un caminante dice que hace poco subió el volcán Barú, y que le pareció un paseo comparado con esta aventura. Hacemos un alto porque otro tropezó con un árbol espinoso y se hirió la mano; sangra. Uno dice que no aguanta los zapatos, que se los va a quitar. Le advertimos de que quitárselos es peor. La tarde avanza y el bosque se torna sombrío por la ausencia del sol y el espeso follaje.  Hay montones de zancudos. Hace hambre. Algunos se imaginan comiéndose una enorme pizza, o una pasta. “¿En Napoli dejarán entrar así?”, pregunta uno en tono de burla mientras observa su camisa mojada, su pantalón enlodado y sus zapatos empantanados.

 

Y allí está lo que un día fue Venta de Cruces, un poblado a orillas del río Chagres, que tenía 70 casas. Aún están los restos de la escalera de una iglesia. Falta poco para la meta. En las aguas del río nos espera el bote que nos sacará de la zona, pero no hay un camino que nos lleve directo hasta él. Tocó subir lomas, sujetarse de las ramas de los árboles, y arrastrarnos por el suelo para avanzar. Y llegamos. Agotados, nos desplomamos en los asientos del bote. Nos dimos cuenta de  que estábamos más vivos que nunca. El bosque nos revivió.

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