24juldayana00 - Así terminé en una Casa de Paz

Hoy voy a pagar una multa por estar en la calle fuera de horario.

Salí de mi trabajo rumbo a mi casa. Tomé un autobus y bajé en la parada, pero necesitaba tomar un taxi para llegar. No tenía más efectivo (por descuido o  por irresponsabilidad mía si así lo quieren decir). Decido intentar ingresar a un supermercado donde hay un cajero automático para retirar el dinero.

Había dos policías verificando las cédulas a quienes entraban al supermercado. Mi horario para trámites es mucho más temprano (estaba en mi oficina a esa hora). Me dicen que no puedo, explico que solo necesito efectivo para acabar de llegar a casa. Una de las policías comienza a gritarme.

Me quedé sorprendida porque yo solo hice una pregunta. Cualquiera en la fila lo puede confirmar. Esta agente estaba muy alterada, evidentemente por otras razones, quizás harta de estar ahí parada. Yo le dije: “por qué gritas”. Continuó gritando. Y gritando me dijo: “no te muevas que voy a llamar a la patrulla”.

Solo estaba tratando de resolver cómo llegaba a casa. Es decir, en ningún momento me moví de donde estaba parada, a unos metros de donde ellos revisaban.

Llegó la patrulla y le informó del suceso. Les pregunté si podía escuchar lo que estaban diciendo de mí. Sospeché que iba a contar algo que no era cierto para justificar llevarme, además de que no estaba en mi hora para hacer trámites pero sí contaba con mi permiso para movilizarme por trabajo (y en eso estaba).

Me encerraron en la patrulla y me dijeron que no podía escuchar. Me llevaron a un Juzgado de Paz. Allá no me dejaron explicar nada. La jueza me dijo que una vez allí me tenía que multar por lo que había dicho la policía.

Yo intentaba entrar a un supermercado fuera de hora y no fue que me puse brava ni entré porque sí. Solo indiqué que necesitaba efectivo. Al escuchar eso la jueza respondió: “yo mando a mi marido a hacer mis mandados. Usted puede mandar a una persona”. Yo le contesté: ‘no tengo marido, soy la única adulta en mi casa’.

Me miró sorprendida “¿usted vive sola?”. Y sí vivo sola.  “¿No tiene otra familia acá?”. Pues, tampoco.

Y yo no veo cuál es el problema con eso.

Encima me preguntó si llevaba dinero. ‘No’, le digo. “Pero ¿usted no estaba en el cajero?”, me replicó.

Le recuerdo que justo no me habían dejado entrar al cajero y que me habían llevado a una Casa de Paz que quedaba aún más lejos de mi casa, y sin efectivo conmigo.

La jueza,  apurada por salir (lo cual lo entiendo, yo siempre quiero irme pronto a mi casa) me hizo saber que no había  otra opción que la multa; que ella no podía llamar a Nito (el presidente de la República) y decirle: “cambie el decreto porque esta señora no tiene quién le haga los mandados”. Ella solo debe hacer cumplir el decreto.

Allá quedé yo, a muchos kilómetros de mi casa, sin tener cómo acabar de llegar. Y con una multa. ¡Excelente forma tiene el estado de protegerme del COVID-19!

Estoy impactada por la reacción de la joven policía que esa tarde del 15 de julio se encontraba en El Machetazo de Hato Montaña. Aún no sé qué hice para que ella descargara tal furia tras una pregunta que podía ser respondida con un “no puedes”. Ante una pregunta sencilla hubo un río de lava con la certeza de que me iban a multar y nadie iba a cambiar eso porque ella es la autoridad y punto.

Lo otro que me marcó fue la poca mediación de la jueza de paz.  Sus preguntas, sus respuestas, sus argumentos. Ella no conoce de gente adulta que pueda no estar casada. En ella no cabe la opción de que la gente que trabaja puede tener situaciones que se escapen de sus manos. Ella no está ahí para escuchar porque ella tiene muchos problemas, me dijo; y que ella puede contar sus problemas también. ¡Tremenda justicia y excelente sentido de sensibilidad!

Acá justificamos a los grandes corruptos y tiramos a la hoguera a la gente de a pie.

La autora es comunicadora.