MA POST2 - Tengo cáncer, ¿cómo lo digo?

Una vez que digerí la noticia vino otra fase importante del proceso, cómo decírselo a todo el mundo. Mi  esposo (que en esta historia lo llamaremos El Hubby) se encargó de comunicárselo a mi hijo de 17 años.  Pero con mi hija de 13 años fue diferente. Ella escuchaba todo detrás de la puerta. Cuando trataba de explicarle, no quería. Respeté ese proceso y en el camino, nunca, nunca hablé susurrando. Cuando la gente venía a casa a visitarme y les explicaba, ella estaba atenta escuchando todos los detalles.

Unas semanas después me tocó llamar a la mamá de una amiga de mi hija, pues venían varios eventos a los que no podría llevarla. Cuando hablé con ella, se hizo la sorprendida, y al final me respondió: “ya lo sé todo; tu hija se lo dijo a la mía. Ella lo está manejando a su forma y le estamos dando todo el apoyo…”. Allí comenzó a aparecer mi red de ángeles.

Después de mis hijos, venían mis hermanas. Ambas se desmoronaron con la noticia, pero un momentito después me ofrecieron todo su apoyo. “Vamos juntas en eso”, me dijeron, cosa que ya yo sabía, ya que siempre hemos sido muy unidas. En ese momento decidimos no decírselo a mis papás hasta que tuviera el tratamiento definido, porque nuevamente en mi ingenuidad, pensé que quizás no necesitaría quimioterapia, así que para qué mortificarlos, ya que el último año había sido complicado para la familia; pues hemos tenido varios tropezones de salud.

Pero el momento de decírselos a mis papás había llegado. Tenía temor de hablar con mi mamá. Para mi sorpresa, ella fue quien dio el primer paso y con la misma fortaleza de Margaret Thatcher me dijo: “Mamita, en la vida uno tiene que afrontar las cosas, así que vamos hacia adelante, que aquí estamos para seguir juntos en esto. Por mí ni te preocupes, que yo haré todo lo que tenga que hacer también”. Y listo. Ella tan pragmática como siempre.

Luego llamé a mis amigas más cercanas y una a una fue manifestando su amor y su apoyo. Pero seguía algo muy difícil para mí, la oficina.

Estuve ausente una semana. Ya sabía que mi partner se había encargado de notificarles a algunas personas. Cuando regresé el lunes a mi trabajo, me quedé en el estacionamiento, lloré un momentito y me llené de valor para entrar con la mejor cara que tenía. La gente me miraba, pero no sabía cómo reaccionar, así que llegué con un  “buenos días” y entré directo a mi oficina. La gente llegaba a manifestarme su apoyo. Algunas se emocionaban un poco. “¡Ayy no! ¡La que llora aquí soy yo!”, les decía. El jefe también llegó, solo me abrazó y me dijo: “Espero que estés bien”. Cuando llegó mi partner (que también es mi jefa), me abrazó y lloramos otro momentito. “Estamos juntas en esto, te voy a  apoyar en todo lo que necesites, no quiero que te preocupes, pero me tienes que prometer que vas a poner de tu parte para salir de esto”, fueron sus palabras. Yo mientras tanto lloraba.

A mi equipo le comenté que no quería que ocultaran lo que me sucedía. “Ustedes van a ser parte de esto, así que vamos a pasarlo juntos y pueden decírselo a todo el mundo. No quiero que nadie se sorprenda cuando me vea.  No quiero que me traten diferente, quiero que sigan siendo las mismas de siempre”. Y así, poco a poco, la gente se fue enterando. Lo único que recibía eran mensajes de cariño, de apoyo, incluso de admiración. “Eres una mujer fuerte, vas a poder con esto”, me decían, y yo pensaba: “¿Fuerte de qué? Si no sé por dónde agarrarlo, no sé por dónde seguir”. Creo que la gente veía en mí cosas que yo no reconocía.

Decidí divertirme en el proceso y creé varios personajes. María Antonieta era uno de ellos, pero también apareció Ziva, que es el personaje árabe que escogí para cuando se me cayera el cabello, porque decidí no usar pelucas. Me iba a inventar absolutamente todos los turbantes que se me ocurrieran para llevar esto con dignidad (#antesmuertaquesencilla).

 Decirlo me liberó. Esa fue una parte de las enseñanzas de esta nueva etapa. Me quitó el miedo a lo que venía y me di cuenta de que a mi alrededor había mucha, muchísima gente dispuesta a apoyarme. Primos, que tenía siglos de no ver, aparecieron; amigas de mi infancia que atesoraba y que no veía con regularidad, también; incluso gente que estaba pasando por lo mismo que yo y se pusieron a disposición para darme sus consejos, para hablar, para lo que necesitara. Al compartir una noticia como esta se nos van abriendo puertas de gente maravillosa que son parte de las bendiciones que comenzamos a recibir. Esta enfermedad no es un castigo, es una lección de vida. 

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