a2604e619acdd687b9c5b6444202a992 - Yo sí creo en Santa Claus

Mi hija apenas sabe diferenciar un perro de un dinosaurio en su caja de juguetes. Pero desde la Navidad pasada amigos y conocidos me preguntan qué le voy a decir sobre quién trae los regalos en la Navidad.

Todavía no estoy segura, pero quisiera tener la inteligencia que tuvo mi mamá para hacer de diciembre el mes más maravilloso de sus dos hijos. 

Nosotros creíamos en Santa Claus. Éramos grandes y todavía creíamos o al menos nos gustaba creer. Los otros niños se burlaban, pero no nos importaba. Ellos estaban equivocados.

Si nos preguntaban quién traía los juguetes a casa, pues creíamos que era el barbudo canoso con ayuda del Niño Dios. Si uno no tenía suficiente dinero, el otro le ayudaba para ir a May’s o a El Millón.

Mis padres, sobre todo mi madre, era una maga para hacer estirar los recursos. Se encargó de que siempre tuviéramos lo necesario, pero en la Navidad encontraba la manera de ser espléndida: teníamos arbolito, foquitos, regalos, rosca y jamón en la mesa. Poníamos el pesebre y celebrábamos el cumpleaños del Niños Jesús.

La noche del 24 de diciembre nos mandaba a dormir temprano. A la mañana del 25 amanecían los regalos bajo el árbol. 

Nos preguntábamos cómo entraba Santa Claus si no teníamos chimenea, cómo sabía dónde vivíamos o en qué parte de la calle séptima de Panamá Viejo dejaba el trineo. Mamá sabía responder. 

Ahora sé que escondía las cajas donde las vecinas o en la última tablilla del ropero. Ahora sé que sacaba clubes de mercancía y abonaba los juguetes. Ella nunca recibió obsequios de niña, con más razón —pensaba—, nosotros debíamos tenerlos.

Habría podido decirnos lo mucho que sacrificaba para comprar los regalos, pero no le interesaba el crédito. Más recompensa tenía con nuestras caritas de ilusión. 

A esta edad he escuchado a muchos decir que Santa Claus es un embuste, un yanqui imperialista, un invento de la Coca-Cola, una falsedad que le hace daño a los niños. Bueno, ese será el Santa Claus que ellos conocen. El mío, el de mi hermano, no.

Mi mamá nos regaló la cosa más hermosa que se pueda dar a un niño: la ilusión, el permiso de que nuestra imaginación volara.

El mundo está lleno de asperezas, de realidades duras y de gente cínica que encuentra placer en decirle a un niño: “no existe la magia, no existe Santa Claus”.

Soy una mujer de fe, de esperanza, y es porque mi mamá me enseñó a tener ilusiones. No conozco a ningún adulto que reclame a sus padres por haberle hecho creer en el Polo Norte. 

Cuando Gabriela crezca veremos cómo le hacemos, pero ilusiones y magia tendrá.