Melissa Leyton

Aquí estoy yo. Con un pañuelo del tamaño de una sábana y no me alcanza. Lloro porque se me acaba 2016. Hasta con hipo. No me miren así

Sé que están pensando que se me zafó un tornillo, que debo ser la única panameña que no quiere que termine el año. 

Anoche iba a cambiar a Gabriela que acaba de cumplir dos años y cuatro meses de edad, y me di un tropezón con uno de sus juguetes en el suelo. Ella oyó mi exclamación y dijo: ¡Cuidado, mamá! Casi se me aguan los ojos de la facilidad de palabra y de la inteligencia de mi hija. Mamá, la emulsión de Scott funciona. 

El año 2016 empezó con una Gabrielita que estaba estrenando sus primeros pasos. La única palabra que sabía decir era ‘ava, ava’. Traducción: agua. Nuestra pediatra nos miraba con mala cara. Según ella, ya a esas alturas debería hablar como 40 palabras. Por supuesto que a nosotros nos parecía exagerado, si conocíamos como a dos niños de tres años que apenas decían 10, pero, por supuesto nos dimos a la tarea de hablarle a la nena todavía más. 

En 2016 en pleno uso de su primer año de vida Gabriela empezó a disfrutar las fiestas de cumpleaños. Cómo le gusta bailar y pegarle o mejor dicho acariciar la piñata.

Aprendió a cantar feliz cumpleaños. Aunque ella dice “pumpeaño”, espero que no se entere la pediatra.

Al fin se empezaron a espaciar las visitas mensuales al doctor y la vacunadera. Vivíamos en el Centro de Salud de Río Abajo para cumplir con la cartilla de todas las vacunas que hay que ponerles en el primer año de vida. 

En el desayuno empezó a pedir su cuchara. Una muestra de que cada día nos imita más. Un día la sorprendí guardando sus zapatos. Sí, llegamos a casa y ella se quitó su calzado y lo puso donde yo siempre lo pongo. ¡Qué emoción! Aunque no fue nada comparado cuando la escuché decir “¡salud!” a su papá después de estornudar. 

A estas alturas estarán pensando que yo soy mantequilla y me derrito con nada. Pero los primeros meses de vida los bebés son casi vegetal. Uno está allí contemplándolos pensando: ¿sabrá que yo soy su mamá? Pues sí, claro que saben. Pero una de boba piensa eso, pues. 

Así que 2016 fue el año en que oí por primera vez una oración completa de mi hija, en que la vi correr con fuerza y soplar mis velas aromáticas pues pensaban que eran de ‘pumpeaño’. Ahora se ríe a carcajadas y me dice “¡así no!” cuando no le gusta cómo juego. Tiene su carácter. No sé a quién salió así. Lo nuevo es que me abraza y me dice: “mamá, te quiero mucho”. Lo dice como 20 veces al día. 

Ya pues, me seco mis lágrimas y sigo adelante. Pongo en una maletita todas estas cosas bellas que me ha dejado este año, que sí fue de retos, de desafíos, de momentos tristes, pero un año que me regaló tantos recuerdos lindos con mi hijita, ¿cómo no lo voy a querer?