En julio llevé a mi mamá a hacerse unas laboratorios médicos de rutina. Tres meses llevaba sin ir al mercado ni a comprar sus billetes de lotería. Sé cuánto le encanta a ella salir a ‘coger fresco’ el fin que identifica para sus vueltas. Yo lamentaba que su primera salida, en tanto tiempo, fuera a que le tomaran una muestra de sangre.

El ambiente en el laboratorio era aún más serio o eso me pareció. Caras bajas. Tapabocas. Recelo por un roce involuntario. Mientras yo en la caja hice el trámite previo, mi mamá quedó en la sala de espera con sillas de por medio entre la gente.

Pronto la oí conversar con alguien. Luego, cuando la fueron a pinchar la escuché reírse con la laboratorista. Al irnos se despidió de la señora de la caja quien animada le devolvió el saludo. A mí de milagro me miró mientras me cobraba.

Cuando íbamos de vuelta noté cómo esa salida la había inyectado de energía.
— Mamá, ¿usted conoce a toda esa gente?
— Claro, son mis amiguitas. Yo vengo siempre.

¿Qué más podría esperar? Mi mamá es conversadora, conoce y saluda a todos.

Hasta los más callados y silenciosos, como yo, sabemos del valor que tiene interactuar, y no solo con la familia, colegas o amigos.
Hablo de esa gente que se convierte en parte de nuestro día. Los desconocidos conocidos.

Aquel que te vende el periódico, la señora que vende empanadas, la muchacha amable de la panadería. El que sale a pasear el perro a la misma hora que vas para el trabajo.

Sumo a mis defectos el de no aprenderme los nombres de esas personas. El resto de mi familia sí lo hace, y me alegra que mi hija sepa el nombre de la señora de la lavandería y de quien nos vende el periódico.

Saludar, bromear, reconocernos es necesario.
Como siempre, los niños lo entienden a la perfección. Mi hija sale al parque y regresa con cuatro amigos. Quizás no los vuelva a ver. Pero cuando se encontraron por primera vez supieron que tenían que saltar, reír y deslizarse juntos. Ni el mejor y más colorido tobogán es muy divertido si se juega solo.

Por eso no me sorprende la gente que habla en la parada o las señoras que entablan conversación con el de fruta ‘¿está maduro?’ ‘¿sabe dulce?’. Somos seres sociales, eso difícilmente nos lo va quitar el virus.