4dcf39c1252b3b75c4686ea057e1ddd8 - Por una pastilla del banco

Hace unos días, Carlos salió del banco con nuestra hija Gabriela de dos años de edad. En su bolsillo llevaba dos pastillas que le habían ofrecido a la niña las amables cajeras del Banco General. Él buscó hasta encontrar una piedra en el jardín, sí, el jardín del banco. Allí mismo, a lo Pedro Picapiedra, machacó esa pobre pastilla hasta hacerla añicos, la sacó en pedacitos del papel y se la fue dando a Gabriela. 

Puedo imaginar clarito a Gabriela pedir: “patilla, patilla, patilla…”.  Justo en el momento en que machacaba el confite se dio cuenta de que había una señora mirándoles…

Hago un alto aquí para escribir que cuando él llegó a esta parte de la historia pelé los ojos. Lamenté la mala impresión que se habría llevado la señora ante semejante escena. 

Por estar pensando en el qué dirán, casi no escucho cuando Carlos me dijo que la señora se dirigió a él para decirle: “Está muy bien que le parta a la niña la pastilla, son peligrosas y se puede atragantar”.

Carlos y Gabriela van juntos con cierta frecuencia a hacer mandados. En los bancos ya los conocen. A mi hija le encanta, y ya sabe todo lo que hay que saber. Esto es, dónde le regalan pastillas. Las amables cajeras y oficiales del banco se las ofrecen con una sonrisa. 

También van a un banco donde no hay pastillas de cortesía. Pero como una niña de dos años no entiende aún ciertas cosas, cree que hay pastillas en todos los bancos. Así que pregunta por ellas. 

A una de las cajeras le dio tanta pena con la ilusión de la niña que hasta empezó a buscar en su cartera alguna, pero no encontró. Carlos me cuenta que él tenía todavía más pena de que la niña pusiera en semejante aprieto a la muchacha. 

Hace unas semanas llegué a casa y mi mamá me preguntó: “¿Sabes quién es Ana? Gabriela dice que Ana le dio una pastilla”. Me la enseñó. Era una pastilla tipo paleta, muy linda.

El misterio no se resolvió hasta la noche, cuando Carlos me contó que después de varias semanas de no ir al banco, regresó y allí la cajera sonriente, aquella que la otra vez no encontró pastillas para darle a Gabriela, la esperaba con una. Qué felicidad tan grande la de la niña.

Esta historia me endulzó el día. A los niños les derriten los dulces, pero a los adultos, a la mayoría, les derrite una niña de dos años que busca sin encontrar una pastilla.