Melissa Leyton

A veces, mientras estoy en el cuarto o en la cocina, escucho en la sala unas sonrisas. Son las de Gabriela y su papá. Miran Masha y el Oso por televisión.
¿Acaso no saben quiénes son? No se sientan mal por ello. Yo recién acabo de enterarme de la existencia de esta cómica rusa de 2008.

Masha es una chiquita tremenda de cuatro o cinco años que no para de hacer travesuras. Oso es una exestrella de un circo ruso que vive en su casita impecable del bosque. Disfruta, feliz, de las cosas tranquilas de la vida: pescar, cultivar su jardín, criar abejas, tomar té en el samovar, hacer conservas, leer y mirar sus álbumes de fotos de antiguas glorias.

Un buen día Masha se aparece en la casa de Oso y se queda allí por mucho, mucho tiempo. No me pregunten dónde están sus papás, recuerden que es una cómica y en esas cosas inexplicables está la gracia.

Masha entra como un vendaval en la vida de Oso: brinca en la cama, tumba el samovar, derriba cuadros, hace todos los desastres imaginables. Ella se cree el centro del mundo y actúa como tal.

Los animalitos del bosque le temen. Incluso los lobos que viven en una ambulancia en el bosque y que un día se les ocurre la mala idea de raptar a Masha a cambio de una recompensa. Cosa que a Oso primero asustó, pero luego se desternillaba de risa. Sabía que en poco tiempo los lobos le iban a pedir de rodillas que aceptara a Masha de vuelta.

Es que solo el abnegado Oso la aguanta. Él se convierte en su papá: juega con ella, le lava la ropa, limpia cuando ella llena la casa de mermelada o avena, le aplaude cuando canta, le da un beso y la acuesta a dormir.

Mi hermano, cuando comprendió el argumento de la serie cómica, me dijo: tiene un aire a Gaby. Un terremoto que nos tiene la casa patas arriba, salta por todos lados, no para de querer jugar y le encanta decir ‘¡te encontré’!

La serie ha ganado premios. Sus videos tienen en el sitio de internet de Youtube más de 1,000 millones de visitas. Se ha echado al bolsillo a niños de todo el mundo y también a los padres.

Pienso que es porque nos muestra la vida con niños: siempre hay sorpresas, hay que limpiar mucho, echar mano de kilos de paciencia, pero a cambio recibimos toneladas de ternura. Eso lo vale.