fb0094fc437ee1f58963f4f5d3d994b5 - Pagan justos por hermanos pecadores

Una vez mi hermano vació una lata chica de Baygon en la casa. Completita. Tal vez lo hizo por lo divertido del  chiiisss y el humito del aerosol. Aprovechó que mi mamá salió por 10 minutos a la tienda y nos dejó a los dos en casa solos. Cuando regresó y se dio cuenta, ¿adivinen a quién castigó? ¡A los dos! A él por la travesura y a mí por no impedírsela.

Aunque, esperen un momento, puede ser que fuera al revés: Que yo vacié la lata y él no me lo impidió. Bueno, lo acepto, se me confunden las travesuras porque en mi  infancia mamá no andaba con cuentos ni se sentaba a esperar a que nosotros se los echáramos diciendo: “yo no fui, fue teté”. Y sí, pagaba el hermano justo por el pecador.
Eso nos enseñó que debíamos estar unidos, pendientes el uno del otro, y claritos de que en la vida no podía irle bien a uno si al otro le iba mal.

Lo anterior suena muy bonito, profundo. Pero antes de alcanzar esa revelación pasaron muchas cosas. Nos pusimos sobrenombres (cabezón, frentona); nos insultamos (mojaste la cama, te hiciste en los pantalones); nos pellizcamos, nos dimos puño, nos hicimos la guerra fría con la televisión:  teníamos turnos para verla,  pero si en mi turno (¡todavía me aflijo cuando lo recuerdo!), no pasaban  Candy Candy ¡ni loca! ¡jamás! le cedía mi turno a mi hermano, y viceversa.

Una vez hasta nos dejamos de hablar por dos días, ¡dos días! Cuando mi mamá se dio cuenta de que no nos hablábamos se puso tan enojada que  nos pegó. No voy a decir que pegar a los hijos es bueno, voy a decir que mi mamá creyó tan grave el hecho de que dos hermanos no se hablaran que sacó el rejo. Creo que nos pegó tres veces en la vida, una fue por lo del Baygón.

Cuando teníamos cuatro o  seis años nos hacía cruzar la calle agarrados de la mano. Más grandes debíamos acompañarnos uno al otro al venir de la escuela. Y a los dos nos preguntaba siempre ¿dónde está tu hermano/a?

Mamá jamás compraba una pastilla si no podía comprar dos. “Si no  hay para los dos, no hay para ninguno”, tenía como consigna. Según ella, nosotros solo éramos dos (antes, las familias eran de muchos hermanos) y teníamos que cuidar uno al otro; si eso no lo hacía un hermano ¿quién?

Hoy cumple años mi hermano. Y he querido con esta columna hacerle un sentido homenaje. Qué mejor que recordarle cuando yo le decía cabezón y él me respondía frentona.

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