Muchas veces llego a la oficina y pienso: ¡hoy sí voy a ordenar este escritorio! Ya me da pena. Pero primero… ah, primero reviso mis emails, me sirvo un café, verifico los pendientes en mi agenda, me entra una llamada, me llega una notificación de Facebook, recibo otra llamada… y entonces veo que han pasado 45 minutos y no he hecho nada.

Mi escritorio es un caos. Lo sé. En él tengo una agenda de 2013 que no quiero botar porque es muy linda, tengo té de manzanilla que no tomo desde hace dos años, tengo dos tazas para el café (eso sí lo tomo todos los días), un termo para el agua, lápices por todos lados (pero cuando necesito, no encuentro ninguno), también tengo aretes, sí aretes, porque los aretes al igual que los anillos y las pulseras pesadas en algún momento del día me molestan y me los quito; ¿que porqué me los pongo? Bueno, porque me gustan.

f432bc0aa197aaef678c34d7551099c1 - Mi escritorio desorde... digo, creativo
Tengo libretas, frascos con útiles de oficina, máscara de pestañas y un labial. Debería organizar todo eso en los cajones, pero los cajones están igual. También tengo sencillo y centavos por todas partes, e igual, cuando necesito, no encuentro. Espérense, voy a guardar este dólar que está abajo del teclado.

A veces llego a mi puesto y lo noto medio acomodado porque la amable señora que limpia me ha hecho la caridad.

Ustedes pensarán que con esta historia me estoy saboteando profesionalmente. Todo lo contrario. Me estoy haciendo publicidad y de la buena.

Tim Harford es un señor que escribió un libro llamado Desordenado: El poder del desorden para transformar nuestras vidas, en el cual plantea que el desorden puede beneficiar la creatividad. Agrega que ese papelito desacomodado por aquí y el otro puesto por allá son un recordatorio de lo que está pendiente y hay que ponerse a trabajar. Me cae bien este señor Tim.

Desde Albert Einstein hasta Steve Jobs el mundo ha sido beneficiado por genios con escritorios llenos de chécheres. Seguro ellos tenían su orden en su desorden. Así como lo oyen.

Y una cualidad extra que da el tener el escritorio desordenado es resistencia a los comentarios y a las miradas de quienes piensan: “cómo puede trabajar así”.

Desordenados, digo, genios del mundo, unámonos y mantengamos nuestros escritorios con montañas de papeles. Claro, sin abusar. Sobre todo si vivimos con maniacos del orden.

Una clave para saber que se nos fue la mano es atisbar alguna cosa que se mueve entre los papeles. Y no es una mascota. Allí sí, a ordenar un poquito.