Melissa Leyton

En este mismo momento hay un hombre en alguna casa de Panamá diciendo a su esposa: “¿quieres que te ayude a llevar la ropa a la lavandería?”. Qué señor tan bueno. Capaz y se ofrece a pasar luego por la ropa. Debería, porque el 75% de lo que se manda a lavar es de él.

Su vecino es también de corazón noble y suele llamar a su esposa para decirle: “Oye, yo te ayudo a recoger a la niña”. La niña es de los dos, pero él ayuda a criarla y cuidarla.

En esa misma calle vive otro esposo al que le encanta cocinar, bueno, al menos se defiende: fríe huevos y hasta sabe hacer arroz. Los fines de semana él cocina, faltaba más. Los días de semana, si entra por la puerta de su casa antes que su esposa, le manda un mensaje por teléfono: “oye, no hay nada de comer”.
La mujer que recibe semejante llamada está hundida de trabajo, por eso no ha llegado. Sabe que en casa no hay de comer. No le dio tiempo de ir a comprar. Y se pregunta por qué su esposo no resuelve para él y para ella que también va a llegar con hambre. Cuando le responde: “fulano, acuérdate que no fui al súper”, él le dice: “si vas mañana cómprame cereal, jugo y navajas de afeitar”.

Hoy escuché a una mujer con tres hijos adolescentes lamentarse de no poder adelantar más en un proyecto personal; ojalá pudiera pagar una empleada, decía. Metí mi cuchara y le pregunté si su hijos no aportaban en las tareas de la casa, y por su cara supe que era una batalla perdida.

El trabajo doméstico es duro porque va sobre un solo par de hombros: los de ella. Cuando una familia puede pagar por servicio doméstico, la sociedad considera que esa ayuda es para ella, la señora de la casa.

No hay jabón en el baño. Se acabaron las sábanas limpias.  ¿Quién va a recoger a Ana del fútbol? Hay que sacar un cupo en el Seguro Social para la abuela. Lo que tiene que ver con trabajo doméstico y cuidado de niños y adultos mayores es responsabilidad de la mujer.

Aún no he escuchado a un hombre decir: “No salí en todo el fin de semana porque la casa me iba a caer encima”.
Mujeres, no pidan ayuda. No la necesitan. Esposos e hijos, dejen de ayudar y empiecen a hacer su parte. Cambiemos esa palabra. Cambiemos la mentalidad. La familia es de todos y su cuidado también.