a5c6e90f8accd92810450a9f032210d8 - Ese niño no está tarde

En la escuela donde hice mi secundaria,  a la que ustedes saben tanto agradezco, tenían un programa que popularmente llamábamos el salto.

Saltar significaba que si en primer año tenías muy buenas notas y aprobabas una evaluación, no pasabas a segundo, sino a tercer año. Era una distinción y a la vez un alivio para los acudientes, que se ahorraban un año de mensualidad y matrícula. 

Muchos padres agonizan (es que los padres son —somos— así de exagerados) cuando sus hijos no pueden entrar temprano a la escuela. Si por ellos fuera los matricularían de cinco años y medio en primer grado. La norma dice que deben tener seis. Es que ven como una tragedia que su hijo se quede atrás. Pero me pregunto, ¿atrás de qué? 

 

La educación académica es muy importante. Pero también lo es crecer y madurar como persona. Tener esa experiencia que permita tomar decisiones y enfrentar el mundo. Y es que desde muy pequeño uno está haciendo elecciones: elige sus amigos, elige “paviarse”, elige esforzarse, elige no escuchar o no  a quienes  dicen “eres un bobo porque le haces caso a tus papás”.  Tal vez si se es más maduro se puede elegir mejor.

Hace unos días una amiga me hacía notar que en Panamá casi todas las escuelas ofrecen un currículum muy, pero muy académico. Que tan solo en los preescolares a los niños se les enseña  mientras juegan; esa tal vez es la etapa más divertida de su vida escolar porque lo que le sigue es pesado.

Vivimos en un mundo donde tenemos una definición estrecha de lo que es triunfar en la vida.

Ese camino a la cúspide empieza, según algunos, con ingresar a una escuela en que se apliquen montones de exámenes a la semana y se pongan tareas que no les dejen levantar la cabeza. Para algunos alumnos esto es bistec de dos vueltas, pero a quienes esto les cuesta les cuelgan la etiqueta de “no eres suficientemente bueno”. Aunque probablemente sí sea muy bueno, pero en otras disciplinas. 

Por aquí y por allá me llegan pedacitos de historias de papás frustrados, de niños estresados porque no pueden cumplir con las expectativas de un colegio o un profesor. 

Ser papá es una tarea muy difícil. Hay que ser lo suficientemente hábil para saber cuando a un hijo tenemos que decirle: “3 no es nota, esfuérzate más”, y cuando tenemos que aceptar que no puede o que incluso  es hora de cambiarlo de escuela. 

Pienso que debemos darle espacio a los niños, dejarlos ser. La infancia y la adolescencia son tan enriquecedoras, pesan tanto en la vida y a la vez son tan cortas. ¿Por qué beberlas de un solo trago? 

Y en vez de enseñar a los jóvenes a enfocarse en carreras que les den dinero, que los lleven al supuesto éxito es mejor orientarlos para que aprendan a conocerse, que descubran sus talentos, su vocación, y así encontrarán un modo honesto de ganarse la vida, de aportar al mundo y de ser más felices. Digo yo.