sombrita8may1000 - El club de los que no abrazan

Pienso que soy cariñosa, a mi modo.

Nunca pensé que lo mío fuera ir abrazando y repartiendo besitos por allí. Tampoco me provoca cargar bebés ajenos, ni sobar la pancita de las embarazadas. No.

No soy de esas que a todo el mundo le dice ‘reina’, ‘queri’, ‘mamita’, ‘mi corazón‘. No estoy en contra de quien lo hace y me llama ‘flaca’ por teléfono, sin haberme visto jamás. Insisto:  no es lo mío.

Pero, estoy dudando de mí desde que llegó esta cosa que ya no quiero nombrar y que nos hacer salir con mascarillas al supermercado y correr a bañarnos cada vez que volvemos a casa. La ropa que traíamos puesta de la calle casi es radioactiva, la agarramos con la punta de los dedos ( ¡es nuestra ropa!) y la tiramos a la lavadora con agua caliente.

El asunto es que cuando empezó a hablarse de distanciamiento social -¿díganme si no suena a película de futuro fatal?- me di cuenta de que me hacía falta acercarme a la gente, estrechar su mano, poner una palma en el hombro de alguien o definitivamente abrazarle si llevaba meses sin verle.

¿Será que yo era una besucona de clóset?

Está comprobado que el contacto físico ayuda a los recién nacidos. Los abrazos y los besos, benefician a nuestros abuelos y al resto nos hace calmarnos y sentirnos mejor.

Aclaro que estoy hablando del contacto físico consentido y con personas queridas. No hay cabida para esos seres sobones, tocones y lisos que pretenden en un saludo tomarte la mano y llenártela de saliva, dicen ellos que de besos y cariño, sin permiso. Con esos, distanciamiento social para siempre.

La cuarentena no hizo a nadie mejor persona. Nadie encontró la luz en medio de desinfectar todo y pelarse las manos de tanto gel alcoholado. Decir eso es cursi.

La gente sacó quien en verdad es. Los que son generosos y amables lo son más y los egoístas y patanes ¡ahora quién los aguanta! En estos días me encontré con uno en el camino que insultaba a una señora porque estaba muy cerca de él. No había necesidad de utilizar esos términos.

Para ayudar en estas circunstancias hemos tenido que usar fuerza e imaginación. Si Covid-19 fuera el nombre de un huracán, un tsunami o un terremoto a las horas todo el que sobreviviera y pudiera habría estado en la calle de voluntario removiendo escombros, recogiendo comida, repartiéndola; pero qué hacer en una situación en dónde la orden era -y aún es- no salir y alejarse de los demás.

Ser gentiles y considerados es nuestra tabla de salvación. Me ha tocado ver a una persona que no podía entrar al supermercado, por no tener tapabocas, y alguien le dio uno. Otra más también iba a darle otro.

El llamar a una persona solo para saber cómo está es un acto de mucho poder. Como también lo es ayudar económicamente a los familiares que menos tienen.

Y qué me dicen de todos esos profesionales que se han volcado a compartir conocimientos y clases, gratis, en las redes sociales o de otras maneras virtuales. Están ayudando.

De manera organizada grupos como los chef de Cocina Solidaria, y sus donantes anónimos, en Tierras Altas sirven comidas a los que trabajan contra el virus; los jóvenes del proyecto Ingueto en Curundú recogieron donaciones para la comunidad y siguen usando el cine como herramienta para transformar vidas.

Y eso me llena de esperanza. Por un momento pensé que por el miedo y las mascarillas nos íbamos a alejar más; a ser más poco importa con la suerte de los otros.

La mayoría de las personas tratan de actuar con bondad, pero ya sabemos que lo bueno raramente se convierte en tendencia en Twitter o en titular de noticias. En lo particular corremos a denunciar un mal servicio al cliente, pero no hacemos igual estruendo cuando el trato es bueno. ¿o no?

Estaremos, por ahora, en el club de los que no abrazan, quizás nos quedaremos un buen rato allí. Algún día podremos renunciar a la membresía.  Mientras, podemos ser  amables y sonreír detrás del tapabocas.