f02cd5aad3a42036109e3a19bcaa4f9f - ¡Cuidado con el sereno!

No tiene garras, ni tiene dientes. No pega gritos, ni pide plata. Tampoco es político. La verdad es que ni se deja ver, pero he visto a las señoras en el interior huir de él como si fuera una peste.

El señor sereno tiene a bien aparecer al caer la tarde. Tipo 6:00 p.m. ya ronda por allí. Así que, usted, escóndase.
Por él, las abuelas en los pueblos más metidos en el interior se cubren. Si por alguna razón tienen que salir de casa para llevar una cazuela a la vecina, para asistir a un rezo o para verificar que estén bien las gallinas se ponen una manta, una toalla, un sombrero, algo que les proteja la cabeza. Que ninguna madre ose sacar a un bebé destapado ¡desalmada! Mejor dicho, que no la vea una  abuela porque enseguida le dará un repelón. ¿Cómo se le ocurre sacar a ese pelaíto? ¿No se da cuenta de que se puede enfermar?

Voy a hacer un alto para explicar  de qué trata el sereno. No me extrañaría que alguno de ustedes no sepa.  En el Diccionario de la Real Academia Española  -sí, así de serio es esta cosa- encuentro nueve significados de la palabra sereno. Pero la que más aprobaría mi abuela sería esta: “Humedad de la atmósfera en la noche”. 

Todo este preámbulo para decirles que la vida me ha enseñado a respetar al sereno. Mientras escribo esta columna llueve mucho, y no me extrañaría que hoy tengamos una noche muy fría.

Por supuesto, las personas jóvenes no creen en esto. No oyen consejo. Por eso les pasa lo que les pasa.
Fui una de esas incrédulas, escépticas y hasta burlonas cuando escuchaba sobre este señor sereno. Y eso que me lo presentaron desde chiquita. Mi abuelita se pasaba la vida advirtiendo de sus peligros.

A nosotros nos fascinaba jugar bajo la luz de la luna la lata, la lleva, la ronda, y ella muy mortificada nos decía: “No se estén serenando”.

¿Qué me ha convencido de la existencia y los peligros de este don? Pues, mi hija, claro. Aprendí que cuando ella se serenaba empeoraban los síntomas de su resfriado. Y ustedes vieran cómo se resfrían los niños. Moco por todos lados. De nada sirven las medicinas y los demás cuidados si luego se les expone a esa humedad bellaca de la noche. Así que, si ven caer un sombrerito de mi cartera, ya saben por qué lo llevo.

Yo pensaba que eran cosas raras de señoras místicas. Cosas que solo ellas entienden. Por ejemplo, poner a hervir hojas de paico o ponerse unas hojitas de salvia en las orejas.
Créanme, que en este punto de mi vida ya temo verme en unos años buscando paico por el mercado.