4sepporlasombrita4 - Cuando creí que tenía Covid‑19

Mi primera vez ocurrió en abril. Sí, porque han sido varias.

Recuerdo sentirme rara, con un dolor de cabeza y hasta escalofríos. Corrí al dr. Google: ¿Dolor de garganta es síntoma de Coronavirus? Podía ser.  Todavía el Ministerio de Salud no había estrenado al robot Rosa. Y  apenas se anunciaban los primeros casos. Se me quitó tan pronto empecé en teletrabajo. Falsa alarma.

Otra noche me desperté tosiendo. Era una tos seca y necia. Enseguida me toqué la frente: no tenía fiebre, ni dolor de garganta. Seguro esos síntomas aparecerían después. Me resigné a lo que parecía evidente.  Amanecí como si nada. Tanto así que hasta pasado el mediodía no me acordé de la tos.

En junio sentí una molestía insistente en la nariz y una carraspera. Me molestaba un poquito los ojos.  Esto nunca me había pasado.  Corrí a probar un bacalao, por aquello de que a uno se le va el sentido del gusto. Me disgustó como siempre. Por suerte.

Es increíble como la mente se va de los pensamiento más banales hasta los escenarios más tremebundos. “Y ahora me tocará avisar a la administración del edificio”, “también tendré que informar en mi trabajo”.  Y si me enfermo: ¿quién le va a llevar las medicinas a mi mamá”. Claro que alguien más se las puede llevar, pero uno se hace una película trágica en la cabeza. Y si me hospitalizan ¿habrá donde cargar el celular? ¿Y si contagio a mi mamá? ¿Y si me muero? Tengo que ordenar mis armarios porque al que le toque donar mi ropa va a encontrarlo muy desordenado.

Esa vez corrí a terminar mi columna semanal, no sabía si esa podía ser la última. Fui al mini super y noté una gran provisión de jengibre. La dependienta al ver mi extrañeza comentó: ‘sirve para el polvo del Sahara’. ¡Auchhh! Era el bendito polvo lo que me molestaba.

La última vez  me dije: ‘ni modo, ya me tocaba. No seré la primera ni la última con este mal, lamentablemente’.

Aquí sigo sin tenerla, que yo sepa. Porque esta enfermedad es tan rara que a algunos ni hipo les da. Y puede demorar en manifestarse 14 días.

Una y otra vez mi razón me decía: cómo me voy a contagiar si yo tomo todas las medidas de protección, me lavo las manos, me baño en gel, restriego las frutas más que la ropa. Pero por historias sabemos que nadie está a salvo.

Nunca llegué a hacerme la prueba porque sin tener que llamar a Rosa me daba cuenta de que mis síntomas no eran suficientes y ni siquiera había estado expuesta directamente, al menos no que yo supiera.  Y en un inicio la consigna fue hacer la prueba solo a quienes realmente tenían síntomas o habían estado expuestos.

Hace unos días una amiga de muchos años me escribió. Y me mandó un chat larguísimo como una carta. Me encantó.  Me sacó una sonrisa. En la última línea me escribió, “y otro día te cuento de cuándo pensé que tenía Covid‑19”.

Y pensé: ‘no soy la única’. A estas alturas creo que son bien pocas las personas que no han llegado a sospechar, por lo menos una vez, que están enfermos de esta enfermedad cuyo nombre es mejor no decir.

Han pasado seis meses desde que Panamá reportó su primer caso. Sabemos más de la enfermedad, pero no lo suficiente. Antes contagiarse era un estigma, ahora hemos visto el virus entrar a la casa de vecinos, amigos, familia.

Lo que no ha cambiado es la necesidad de cuidarnos. Esta enfermedad  no es relajo, aunque esta columna pareciera un mal chiste. No haberse infectado aún, no significa  estar libre de todo mal. No bajemos la guardia.