sombrita 900 1024x1024 - Cuando andar lento es mejorLa palabra lento siempre requirió jabón y pasarle el cepillo. Es casi una palabra sucia. El niño lento del salón era… bueno, pobrecito él. Del lento de la oficina, ni hablemos. En nuestro mundo todo debe ser rápido, apúrate, muévete, ¡corre!
Hay cosas que deben hacerse rápido. Atender una hemorragia, despachar cien galletas en un quiosco escolar, ir al baño cuando hay 20 en la fila, pero ¿todo lo demás debe ser tan rápido?

Comemos en diez minutos, nos bañamos en cinco, nos maquillamos en un medio de transporte, tocamos seis veces el botón del ascensor para ver si se apura. No se apura. Estamos en un tranque y queremos hacer una llamada, revisar mensajes de trabajo, organizar nuestras ideas, oír un podcast o audio libro. ¡A la vez!

El amigo de ‘rápido’ es ‘no tengo tiempo’.

Los nuevos libros de cuento para niños indican cuántos minutos toma leerlos: 5, 10 o 15 minutos. No vaya ser que un padre se demore en eso.

No es de extrañar, si a veces parece que dejamos a los hijos en el autorápido, pero en vez de una ventanilla es la entrada de un colegio, de un curso o de una fiesta de cumpleaños. ‘Pórtate bien, nos vemos, chao, chao…’. Se necesita correr para la siguiente cita. (No es mi intención criticar a los padres, que ya bastante se les critica). Así vivimos.

La verdad es, y todos lo sabemos, en tiempos rápidos se necesita pensar despacio, pero ¿a qué hora?

Correr, apurarse, agitarse nos está enfermando. Del cuerpo y del espíritu. Hay quienes ya se han dado cuenta. Por eso existe un movimiento de vida slow. Viajes slow, comida slow y hasta sexo slow (porque incluso de eso se quiere salir en un dos por tres).

Hace unos días una amiga me envió un artículo titulado: “La vida no puede ser trabajar toda la semana y el sábado ir al supermercado”, era una entrevista al paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga. Este señor pedía no olvidar que la vida también es música, poesía, la naturaleza y la belleza. Si no estamos sacando tiempo para algo de eso, estamos fritos.

Tal vez esa prisa, como ya algunos sospechan, es una coraza para no alcanzar a preguntarnos lo verdaderamente importante: ¿quién soy?, ¿qué estoy haciendo con mi vida?, ¿me gusta?.

Lectora, lector piénsenlo, pero no rápido.