15dc1e2bd677b9f4d23236c1bee9997a - Con la lámpara de mi abuelita

Vengan, entren, acompáñenme un ratito a la casa de mi abuelita. Pasen, pero con cuidado, porque no hay luz y se pueden tropezar. Si me esperan un ratito voy a buscar la lámpara de querosene. ¿Dónde quedaron los fósforos?

De día esa casa era el lugar más lleno de vida de mi mundo infantil. Grande y ventilada gracias al techo altísimo. Las ventanas y las puertas siempre  abiertas, a diferencia de nuestra casa en la ciudad, en Panamá Viejo; allí había que estar encerrados. En San Carlos éramos libres. 

Las gallinas no pensarían lo mismo, porque cada vez que alguna se intentaba colar en la casa, y bastantes veces lo lograban, las espantaban con un chisss o un escobazo.

Pero para nosotros ese lugar era felicidad y aventura. Todo cambiaba al llegar la noche. Por supuesto, tratábamos de extender el día y jugar bajo las estrellas la lata, pero tarde o temprano había que enfrentarse a las sombras.

Para moverse era necesario buscar la lámpara. Abuelita tenía varias de querosene, muy lindas. Lamento no haberle pedido que me regalara alguna, aunque  sé que ustedes me dirán que las veo bonitas por los recuerdos que me traen, y están en lo cierto.

La casa, antes enorme, se hacía chiquita en la oscuridad, solo era visible lo que alumbraba la lámpara. Todo era fantasmagórico bajo esa luz, desde la telaraña en la pared hasta el camisón de la abuelita. Las sombras se proyectaban enormes en la pared.

Qué oscuro se ponía todo, qué silencio tan grande. Aunque a veces se oían los grillos y el canto de la  lechuza, el abuelito nos decía: “¡oye!”, y a veces insinuaba  que era el silbido de la bruja. Por supuesto para darnos miedo. 

Siempre digo la casa de mi abuelita, no de mi abuelito o de mis abuelitos. Y es porque la casa era de ella. Esa mujer callada, paciente, era quien cuidada y guardaba la casa y a nosotros, era el alma del lugar. Por eso era su casa.

Tendría yo ocho o nueve años cuando llegó la luz eléctrica. Todos estábamos felices. Con eso abuelita pudo tener refrigeradora y televisor. Pudo ver la lotería y las telenovelas de la noche. Antes solo pasaban telenovelas de noche. Pero abuelita siempre se quedaba dormida, y mi abuelito la trataba de despertar: “¿Mercedes, estás dormida?  Si era necio.

Quedarse despierta por ver televisión no era lo suyo. Además, se levantaba a las 5:00 de la mañana, y a esa hora a veces encendía la lámpara de querosene.