La escena que mejor tengo grabada en mi memoria del programa de tv America’s Next Top Model es la de una concursante, modelo, por supuesto, de cabello oscuro a la que le tiñen el pelo de rubio platinado. Casi blanco. La recuerdo gritar de dolor y suplicar que la llevaran al lavacabeza para que le lavaran el tinte. Le ardía el cuero cabelludo.

Yo entendía ese dolor muy bien. Algo parecido sentí muchas veces cuando me alisaba el cabello. Hasta ese momento no había caído en cuenta de que teñirse podía arder tanto como las mezclas de texturizado. Ardor y resignación: el precio que desde siempre se ha pagado por verse bella.

Por supuesto, al final del cambio de look ella se veía “fantabulosa”, “divina”. Al menos eso decían los anfitriones. Y nosotras, del otro lado de la pantalla, nos tragábamos esa verdad completita, sin agua. Para ser bella había que ver estrellas.

Esta semana, entre lo más visto de Netflix en Panamá está La cruda realidad: Dentro de America’s Next Top Model. Por lo que se asoma en el tráiler, aquella escena del tinte platinado parece casi una golosina comparada con lo que tuvieron que vivir muchas concursantes… y, a veces, también quienes trabajaban con Tyra Banks, la creadora y mandamás del programa.

Si nunca vieron el show ni tampoco han visto lo que ahora muestra Netflix, se trataba de un concurso para “aprender” y convertirse en una gran modelo: muchachas novatas aspiraban a entrar en ese mundo brillante y cruel. Los noventa y los primeros años de los 2000 fueron los años dorados de las modelos, cuando la gente se sabía de memoria sus nombres: Cindy, Naomi, Heidi, Gisele. Eran perfectas, diosas, o así las veíamos desde sus vitrinas.

El programa tuvo muchas temporadas y, a medida que avanzaba, las pruebas se volvían más disparatadas. La descalificación del cuerpo de mujeres que, en realidad, eran guapísimas, era el pan nuestro de cada episodio. Aun así, estar entre esas concursantes era el sueño de muchas jóvenes.

En Prime hay otra resurrección interesante: una nueva versión de No te lo pongas (What Not to Wear). Ese era otro programa de principios de los 2000 que una adoraba ver. Stacy y Clinton, cada uno con una lengua más viperina que el otro, “ayudaban” —se suponía— a personas a vestirse mejor, a encontrar su look.

Las historias eran nobles: una mujer que había perdido 40 libras y quería reconocerse en su cuerpo nuevo; una mamá recién divorciada que iba a buscar trabajo después de años criando; una adolescente tímida que iba a la universidad y quería sentirse más segura. Una podía identificarse con ellas.

Lo que hoy no es fácil de ver es cómo las “ayudaban”. Porque Stacy y Clinton no se censuraban. Mejor dicho, tenían un guion bastante agresivo. Descalificaban el ropero entero de aquellas mujeres como si fuera un vertedero. Y no era que estaban revisando el clóset de la hija de los dueños de Bloomingdale’s como para sentirse con derecho a ese nivel de dureza. Estaban hablando con gente real, con historias reales, que ya bastante duro la tenía.

La nueva versión viene con un giro casi confesional: algo así como “ponte lo que quieras”. Como si el programa quisiera lavarse la cara después de sus maluquencias, del bullying, del espectáculo montado sobre la vergüenza ajena. Estos formatos tuvieron varias temporadas y versiones en distintos países; Stacy y Clinton llevaban la versión de Estados Unidos.

Algo hemos cambiado, y ahora podemos mirar estos shows con otros ojos. Me vino el recuerdo de un programa que exponía a las mujeres en lugares públicos como centros comerciales y la gente que pasaba tenía que adivinar cuántos años tenían. Uf. Da escalofríos. La gente era mala y, por mala, le sumaba diez años. Sabiendo que esta sociedad tiene un tabú con la edad de las mujeres. Eso no ha cambiado tanto.

Qué bueno que hoy podemos reconocer que, en nombre del rating y de la supuesta belleza, se lastimaba a las mujeres y se nos enseñaba que eso era normal y que eso nos tenía que entretener. Sin embargo, no seamos ingenuas: las plataformas ganan plata, fama y atención con estos nuevos programas de “mea culpa”. Y quienes antes se llenaban los bolsillos con la vergüenza ajena ahora se alimentan del arrepentimiento. El show cambió, pero no tanto.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

* Suscríbete aquí al newsletter de tu revista Ellas y recíbelo todos los viernes.