Una de las situaciones de conflicto más frecuentes que observo cuando hago sesiones es el impacto que genera “no hablar de temas importantes”. Algunas personas me dicen: ya lo hablé y me fue mal, y desisten ahí.
Existe un mito peligroso que dicta que las “buenas relaciones” no tienen conflictos. Bajo esta premisa, muchas personas desarrollan un miedo paralizante a alzar la voz, prefiriendo tragar palabras antes que arriesgarse a una confrontación.
Sin embargo, el silencio prolongado no soluciona los problemas; simplemente los entierra vivos, y estos siempre encuentran una forma más destructiva de salir a la superficie.
¿Por qué nos da miedo hablar?
El miedo a resolver conflictos suele hundir sus raíces en el temor al rechazo o al abandono. Tememos que, al expresar una disconformidad, la otra persona se aleje o nos juzgue. También existe la “falacia de la fragilidad”: creer que el vínculo es tan débil que una sola discusión lo romperá.
A nivel biológico, el conflicto activa nuestra respuesta de “lucha o huida”. El cerebro percibe una discusión no como una oportunidad de mejora, sino como una amenaza a nuestra seguridad emocional.
Cuando evitamos hablar por miedo, pagamos un precio alto:
Resentimiento acumulado: Lo que no se dice se convierte en una carga de amargura.
Pérdida de identidad: Por “llevar la fiesta en paz”, terminamos cediendo en valores y deseos personales.
Desconexión: La verdadera intimidad requiere honestidad. Sin ella, las relaciones se vuelven superficiales.
Estrategias para perder el Miedo
Resolver conflictos es una habilidad técnica que se puede entrenar. No se trata de dejar de sentir miedo, sino de actuar a pesar de él.
Cambia el “Tú” por el “Yo”: En lugar de decir “Tú siempre me ignoras” (que pone a la otra persona a la defensiva), intenta con “Yo me siento solo cuando no nos comunicamos”. Esto reduce la hostilidad de inmediato.
Elige el momento, no el impulso: No intentes resolver un conflicto en medio de una explosión de ira. Espera a que el cortisol baje. Una conversación difícil requiere calma mental.
Define el objetivo: Antes de hablar, pregúntate: “¿Qué quiero lograr?”. Si el objetivo es tener la razón, la charla fracasará. Si el objetivo es mejorar la convivencia, tienes medio camino ganado.
Hablar no es buscar la guerra; es tender un puente. El conflicto es, en esencia, una señal de que algo necesita ser ajustado para que la relación crezca. Al perderle el miedo a la palabra, descubrimos que la paz verdadera no es la ausencia de discusiones, sino la capacidad de atravesarlas juntos y salir fortalecidos del otro lado. Tu voz tiene valor, y lo que sientes merece ser escuchado.
Si te interesa resolver este tema puedes solicitar sesión conmigo y lo vemos juntos.
* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

