10nov papaprimerizo 1024x683 - Que la ciencia te acompañe

Años y años de ciencia en una jeringuilla. Líquidos creados en laboratorios para combatir tuberculosis, hepatitis, difteria, tétano, sarampión, polio. Pinchazo de progreso. Por supuesto que a mi hijo lo vamos a vacunar.

Soy fiel creyente de la ciencia. Mi novia y yo. Si hay algún desarrollo por el que vale la pena aplaudir de pie, es la ciencia. Aquella corriente de evitar la vacunación, de que esto es someter al bebé a elementos nocivos y perjudiciales, no nos convence. Uno de los argumentos más fuertes de quienes prefieren no vacunar a sus hijos es el mercurio. Que las vacunas contienen mínimas dosis de mercurio y que eso los puede enfermar o los hace más proclives al autismo. Pero prefiero creer en las otras estadísticas, aquellas que muestran cómo un niño sin vacunas está muchísimo más propenso a otro tipo de enfermedades. A mí me vacunaron. A mi novia también. Y acá seguimos. Procreando, incluso.

Qué tema complejo el de la salud. Pero nosotros, siempre con la ciencia, sin exagerar. Por ejemplo, para el parto no utilizaremos epidural y queremos que sea natural. Siempre y cuando no haya complicaciones, pues. Pero sí. Dennos hospital. No somos muy afines a parir en casa con meditaciones y yoga. Y apenas nazca: circuncisión. Es lo que corresponde.
No nos malinterpreten tampoco. Que seamos creyentes en la ciencia no quiere decir que dejaremos de lado cosas espirituales. Al fin y al cabo, parir es una de las pocas cosas animales que aún nos quedan. Por eso mi novia escribe pensamientos sobre sus ancestros, sobre su linaje cimarrón que le ayuden a construir una mente fuerte a la hora de la verdad.

La idea no es tampoco llevarlo siete veces a la semana al pediatra. Aunque si nos basamos en mi historial, al pequeño comearroz le elegiremos un médico cerca. De niño yo siempre estuve enfermo. Fueron años y años de tratamientos, hospitalizaciones, clínicas, inyecciones. Todo comenzó a la hora de salir de mi madre, pues estaba casi asfixiado después de enredarme con el cordón umbilical. Y de ahí en adelante: meningitis, infecciones y más. Una vez que me pinchó una rosita en el jardín de mi abuela. Fiebre de 40 y 7 días de inyección. Otro día resbalé en el estacionamiento, apenas me raspé. Fiebre de 40 y 7 días de inyección. Por suerte mi mamá siempre estuvo atenta y gracias a su amor pude curarme de todo. De todo menos de una cosa: triglicéridos y colesterol. Es genético, pues hasta mi madre, vegetariana, los tiene por las nubes.

En la adolescencia se me fueron las mococoas. Apenas algunos resfriados necios, pero nunca me tumban del todo. Quizás desarrollé algún tipo de resistencia que ahora me ayuda y que ojalá sea genéticamente transferible. En el caso de mi novia, su niñez fue todo lo contrario a mí. Ella subía palos, se quebraba brazos, se raspaba, se cortaba, se quemaba, se revolcaba, corría, sudaba. Nunca sufrió de nada. Un par de resfriados, nada fuera de lo común.

Y ahora ambos nos preguntamos hacia dónde se inclinará el pequeño. Siempre nos dicen “lo importante es que nazca sano”. Ya hemos descartado un montón de cosas a través de los ultrasonidos tridimensionales en los que se le ven hasta las facciones. Le han medido cuello, vértebras, riñones, hígado, piernas. Y todo está en orden. Pero todavía falta lo más importante. Que nazca y tenga un buen sistema inmunológico. Que no le afecte el checherero en el que crecerá. Que ni siquiera sufra de alergias. Para ello debemos esperar. Y en casos de emergencia extrema, siempre estarán las pócimas del indio Yaragua. Que no se entere mi madre.