Hace unos días necesitaba comprar unos regalos, así es que me armé de valor y salí hacia un centro comercial con el mismo desgano que quien va a sacarse una muela. Ya casi saliendo, recordé que necesitaba efectivo, así es que me puse en la fila de máquinas de ATM. Mientras esperaba mi turno descubrí que el paisaje había cambiado desde mi última visita. Noté un quiosco de venta de ‘doughnuts’, ‘sorry’, nunca he aprendido a decir dona. Jmmm… pensé, serían bien recibidos por tal y cual.

Dinero en mano, yo que me voy poniendo en la fila. Gracias a Dios no era muy larga, más larga era la que estaba detrás del mostrador donde vi un montón de gente que honestamente no sé ni cómo podía moverse dentro del reducido espacio. Llega mi turno y yo, que tenía mi orden muy bien planeada, no como los que me precedieron que se pasaron 300 horas cada uno escogiendo y “desescogiendo”, digo con voz clara y en tono asertivo que quiero una caja con media docena y que aparte, quiero dos unidades de ‘glazed doughnuts’. Los quería justo así para que fuera fácil entregarlos en su destino.

No estaba preparada para lo que siguió, aunque debí estarlo, pues ya no existen franquicias norteamericanas que no traten de “agrandarte” tu pedido. La joven me pregunta ¿no quiere una docena completa? No, gracias, le contesto bien amable. Es que le sale más económico.

¡Vamos! El cuentito famoso del más económico. Sí, cada unidad sale más barata si uno compra mayor cantidad, pero nunca 12 cuestan menos que 8.

Yo pensé que hasta allí llegaría la cosa, pero nooooooo, vino otra señorita y me volvió a preguntar lo mismo, repitiendo la afirmación de “le sale más barato”. Por segunda vez reafirmé mi pedido, esta vez con cierta impaciencia en el tono de voz, pues lo que yo había imaginado es que si llegaba con un pedido claro y carente de dudas, mi entrada y salida del lugar tomaría tres minutos.

¡Uuuuyyyy! ¡Cuán equivocada estaba! Me empacan el pedido y cuando ya pensé que estaba por salir me vuelven a llamar, esta vez para pedirme mi nombre, que supongo se les había olvidado por estar tratando de venderme la famosa docena.

Llego a la caja, ¿lo pueden creer? Finalmente llego a la caja con la billetera en una mano y un billete en la otra. Ya lo que quería era largarme. No irme, no, largarme, pues ya no me quedaba ni una sola gota de paciencia. Y justo cuando estoy en la meta, la cajera que me dice son ocho con algo y me pregunta: ¿No quiere una docena, le sale más barato?

En el espacio ese donde alguna vez vivió la paciencia estaban ya varios galones de todas las cosas malas que uno siente cuando lo único que quiere es que le den su mercancía y lo dejen ir.

¿Una docena cuesta menos de ocho dólares? le pregunté con ironía y cara de “o me cobra ya o no compro nada”. No, cuesta… no sé 9 o 10, no recuerdo, me contestó. Justo allí, cuando se escuchó decir el precio de la docena y a mí preguntarle: ¿En qué clase de matemáticas le enseñaron que nueve es menos que ocho? fue que le cayó la teja. Sentí deseos de quedarme cinco minutos más a explicarles por qué no regresaría jamás a un negocio donde a uno lo acosan solo porque no quiere comprar una docena de ‘doughnuts’, pero pensé que no valía la pena. No regresar es suficiente.