deldaiariodemama222 1024x683 - Para la posteridadEn el siglo pasado, ─el XX, aquel que alguna vez lució modernísimo,─ cuando las parejas se casaban “escogían” algunas cosas para que los invitados al evento les regalaran. Aunque, pensándolo bien, en general era la novia (y a veces su mamá) quien se ocupaba de esos menesteres y los novios poco opinaban. Uno de los puntos que solían tomarse en cuenta al momento de hacer la escogencia era que las cosas tuvieran larga vida. Es decir, que uno no se aburriera de ellas, que se pudieran usar una y otra vez y que, en el mejor de los casos, los hijos pudieran heredarlas.

Estos principios se aplicaban a todo: a la vajilla, a los cubiertos, a la cristalería, a los muebles, cuando se pudieran comprar, a las alfombras si es que alguna vez se podían comprar, en fin, a todo lo que la pareja fuera acumulando a través de los años. Muchas veces los magros presupuestos impulsaban viajes a casa de los padres, abuelos y otros familiares cercanos para revisar “escondites” de donde podía sacarse algún cachivache que estuviese en desuso y que con una mano de lija y pintura/barniz se pudiera revivir.

Y así, poco a poco, los hogares se iban poblando de artículos que no solo ocupaban espacio físico, sino que iban llenando las páginas de historias y anécdotas familiares en los libros del corazón. El baúl chino de la abuela y la mecedora que había arrullado a todos los hermanos compartían chismes entre ellos. Y en diciembre invitaban al nacimiento a unirse a la tertulia. No se quedaban por fuera todos aquellos adornos para el arbolito que los niños confeccionaban año tras año con palitos de paleta y fotos desteñidas. Y si bien en ciertas épocas subía el volumen de las conversaciones porque el número de invitados era grande, siempre, siempre, siempre se estaba escuchando algún cuento.

El otro día estaba brujuleando en uno de los muebles de mi comedor y al sostener una de las hermosas copas que me regalaron cuando me casé, en el año del ‘pum’, sentí tristeza pues desde hace años no las uso para su propósito original que era servir agua y vinos, pues los tamaños de lo que se usa para estos menesteres han aumentado tanto que mis copas de los setenta parecen del país de los enanos al lado de las que ‘hay’ que usar ahora. Y lo mismo les sucede a mis platos y demás menaje de mesa.

Sé, como que me llamo Julieta, que cuando me muera ninguno de mis hijos estará en fila para llevarse mi mesa de comedor y mucho menos la peinadora que tiene un millón de años o el mueble que uso de escritorio y que data del año 1945 aproximadamente y que nació como pieza para uno de los baños en la casa que estrenaba mi abuela en Bella Vista. Porque ahora todo es diferente. Los sofás no se tapizan porque muchas veces sale más económico comprar uno nuevo y… no sé… ¿botar el viejo? O venderlo. Y yo que vengo sentándome en el mío desde 1977 y nunca he tenido que ahuyentarle una polilla. Y no puedo decir lo mismo de los que llegaron después. En conclusión, todo es desechable, no solo los platos de cartón de los cumpleaños.

Les recuerdo lo que ya alguna vez les dije hace muchos años: repítanle a sus hijos sus historias familiares muchas veces, funciona mejor si ven fotos simultáneamente. Así, aunque no le cuenten jamás a su descendencia que en aquella mecedora que está en la esquina del cuarto su tatarabuela rezaba cada mañana, por lo menos sabrán de la tatarabuela.