1500x1000 diario 3 - Nietos y nietosHoy en día a los abuelos nos toca ayudar mucho en casa de nuestros hijos. La vida se ha vuelto complicada para ellos, pues son pocos los que pueden “no trabajar” y si a eso sumamos el caos de la ciudad, los transportes que nosotros solíamos usar para las actividades extracurriculares ya no tienen la misma disponibilidad de antes.

Así pues, yo, que por muchos años trabajé en el Aeropuerto Internacional de Tocumen, cuando no había corredor, reconozco sin vergüenza alguna, que cada vez que un hijo mío me decía que quería meterse en tal o cual actividad, mi primera pregunta era “¿hay bus?”, ante una respuesta afirmativa, se consideraba el resto de los factores.

Mi abuela, por ejemplo, ni manejaba, no era algo que las mujeres de su época -nacidas en el siglo XIX o muy a principios del XX- hacían. Nos llevaba a pasear, eso sí, como les he contado miles de veces, con su chofer al timón, pero a ballet o a béisbol, no.

En los últimos dos años, me ha tocado “choferear” a una de mis nietas a varias de sus actividades, lo hago de mil amores, pues me permite establecer una conexión fabulosa con ella en aquellos minutos -o a veces horas, dependiendo del tráfico- en que la tengo presa en el carro. Algún día les contaré todo lo que uno puede hacer con los niños mientras van sujetados con el cinturón a la silla del auto… puede que alguna vez, hace 20 años, ya lo haya hecho, pero luego de tanto tiempo se vale repetir un cuento. Digo yo.

Volviendo al tema, me doy cuenta de que mi nieta es completamente diferente a lo que nosotros fuimos con nuestros abuelos. Y hago constar que yo a los míos los adoraba. Bueno, más bien a mi abuela, pues mi abuelo murió cuando yo todavía no había entrado al clan de los nietos a los que uno les habla.

Sin embargo, cuando yo iba en ese auto con mi abuela y, a veces, sus amigas, lo único que podía hacer era escuchar. Abrir la boca, no. No critico el sistema, pues allí apretujada entre señoras emperifolladas y “emperjumadas” escuché -y algún día empecé a entender- un montón de cosas. Creo que en aquellos días, las personas mayores pensaban que los niños hasta cierta edad éramos tontos y que no entendíamos nada. ¡Sí entendíamos!

Hoy todo lo saben, todo lo entienden y participan en todas las conversaciones. Y mejor será que uno no diga frente a ellos algo que no quiera que otro escuche, porque todo lo repiten.

El otro día le comentaba a Victoria que yo quería que, cuando se mudara a su casa nueva, porque ahora vive en la mía, ella se viniera a pasar los sábados, en la noche, con nosotros y así el domingo podíamos hacer muchas cosas juntos. A ella no le gusta dormir fuera de su casa, así es que me contestó, y cito textualmente: “Bita, ya yo hago miles de cosas contigo. Por ejemplo, yo voy al ballet contigo, a la natación contigo, al súper y a los cuentacuentos también”. Tiene cuatro años la pendejita. Fin de la conversación y de los pijama parties.

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