Fotolia 251384730 Subscription XXL - Mis alergias y otras locuras

Entre los primeros recuerdos de mis años de infancia y juventud están las alergias. Esos terribles ataques de estornudadera que plagaban mis días y noches. Tener una caja de Kleenex —ojo, no un paquetito, una caja— conmigo no era nada raro. Sí, ya sé, muchos dirán que los pañuelos desechables dan más alergia pues sueltan, no sé, un polvillo, pero lo cierto es que no había pañuelo de tela que alcanzara para recoger todo lo que podía salir de mi nariz.

En el colegio todo el mundo hablaba —y todavía lo escucho— de mi estornudadera o mis “llantos”. En realidad no eran llantos, ya para estas alturas ustedes saben que llorar no es lo mío, pero gracias a que tenía los lagrimales tapados, los ojos siempre lucían húmedos, por no decir claramente llorosos. ¿Estás llorando? Era una pregunta a la que tenía que responder varias veces al día “¡no!”, y entonces venía la explicación que pocos entendían, pues si los lagrimales estaban tapados, cómo es que tenían exceso de lágrimas. Es complicado. Para quien le interese, las lágrimas salen pero no “vuelven a entrar”.

Con el tiempo, gracias a Dios, los ataques se fueron haciendo más leves y distanciados. Llegó el momento en que solo llegaban cuando entraba a un lugar que había estado muchos meses cerrado, acumulando humedad y ácaros. Eso me hizo feliz. Sin embargo, la vida no suele ponerle a uno las cosas en bandeja de plata y, si bien se fueron los mocos y la lloradera, he ido descubriendo otras alergias.

Les voy a confesar asuntos muy íntimos y les doy permiso de reírse, pero es que así está la cosa. Hago un paréntesis para contarles que de niña tuve muchos problemas con los oídos, problemas severos de infecciones persistentes y consistentes que hicieron de la clínica de Manolín Preciado mi segunda casa. Se los cuento porque me gustaría pensar que esto ha contribuido a mi alergia más reciente, que en realidad no es tan reciente, porque llevo años quejándome de ella, pero en este último mes le tocó despertar. He decidido que soy alérgica al agua fría. ¡Ajá! Al agua fría.

Por ejemplo, bañarme en una playa durante el verano panameño es un suplicio. Puede que me tome una hora entrar al agua. Es horrible, me da dolor de oído, me quiero morir, así es que se podrán imaginar que, con lo que me gusta el mar, la mayoría de las veces sucumbo a su llamado a pesar de “la alergia”.

Recientemente, en el edificio donde vivo, cortaron el gas por aquello de las inspecciones y demás. Nos organizamos bastante bien para cocinar, aunque no les voy a ocultar que extrañé sobremanera mis fogonazos de 30,000 BTUs. La tortura fue el “baño nuestro de cada día”. Actividad que disfruto sobremanera a menos, claro está, que el chorro dispense solo agua fría. Mi marido me dijo cada día “en verdad no te has bañado, nadie puede hacerlo tan rápido”. Claro que se puede. No se necesitan más de dos o tres minutos para mojarse, enjabonarse y enjuagarse. Por lo menos en mi libro. Lavarse el pelo… bueno, añadamos un par de minutos más.

Me fui de viaje con la esperanza vana de que al regresar también hubiera regresado el agua caliente, pero no tuve esa suerte. Me tuve que quitar el polvo de los caminos con agua helada, aunque escuché decir a un español que el agua fría de Panamá no tiene un pelo de fría. Claro, supongo que si la comparamos con los cubitos de hielo que pueden caer de la regadera en cualquier país que tenga un verdadero invierno, la nuestra se siente hasta calentita, ¡pero yo no crecí en un país con invierno! Y el agua fría me da alergia. Punto y final.

Como posdata añado que también me dan alergia los inútiles y los mentirosos, pero esa ya es otra historia.