1500x1000 diario 2 - Me duele el corazón

Hace poco estuve en la Universidad de Panamá. En “la Nacional” como comúnmente la llamamos, y confieso que me dio un pesar terrible caminar por sus veredas. ¡Qué olvido, qué desidia, qué fea que está!

Alguna vez ese campus, si no se puede decir que fue ordenado y coherente, sí se puede decir que por lo menos se mantenía con algo de dignidad. Sus edificios -que reconozco fueron naciendo sin ningún tipo de plan maestro, sino basados en el gusto de algún director del momento- estaban limpios, pintados y mantenían algo de espacio a su alrededor para, por lo menos, poderlos ver.

Hoy uno llega y eso es un amasijo de estructuras sin ton ni son. Donde alguna vez hubo un jardincito, o incluso, en algunos casos, un pequeño estacionamiento, ahora solo vemos otras edificaciones que dan la impresión de que van “aguachinche” de las originales. Hace poco escuché en las noticias que de una facultad -creo que Odontología- se quejaban porque sus edificios estaban viejos y ya no cabían. La parte de no caber la entiendo, pues cuando nace la U la población estudiantil era obviamente mucho más reducida, pero lo de viejos y cacharpeados no tiene excusa.

Este es el país de “no cuidemos y luego derrumbemos”. Automáticamente se vinieron a mi mente las viejas y prestigiosas universidades que hay en otros países, que cuentan como parte de su orgullo el hablar de sus edificios de varios cientos de años. Son campus verdaderamente hermosos en los que se ha respetado el “urbanismo” interno y el crecimiento se ha dado buscando potenciar esa herencia. Ahí nada se tumba, todo se cuida.

Lo triste es que lo mismo que vemos ocurrir con la universidad ocurre con las carreteras, con los hospitales, con las oficinas públicas. Todo es una ruina porque no se cuida, porque no se le da mantenimiento. Entonces, luego de que está en condiciones deplorables hay que “hacerlo de nuevo” al costo que todos sabemos que eso tiene.

La verdad es que salí tan triste de la Nacional. No pude evitar pensar que si eso es lo que ven los estudiantes cada día, es imposible que sientan orgullo de la educación que ahí reciben. Salen profesionales mangajos igual que su casa de estudios. Salí de allí tarareando la vieja canción de uno de los combos nacionales… “me duele el corazón por no poder amarte”. Y es que uno quisiera amar ese lugar, cuna de tantas luchas por nuestro país, madre putativa de grandes hombres, educadora ejemplar de otros tiempos, pero se hace difícil al verla ruinosa y abandonada.

Tengo que suponer que los estudiantes, a fuerza de verla así a diario, se acostumbraron y ni siquiera notan las paredes que se vienen abajo por capas, ni la poca hierba que lucha por crecer entre los desechos de proyectos que quedaron a medio palo, pues nunca los escucho pedir que la arreglen, que la remocen. Solo que tumben tal o cual edificio “viejo” -según el imaginario panameño- y hagan uno nuevo, que seguramente no tendrá nada que ver con lo que ya hay allí, y surgirá como una mosca en la leche como muchas de las edificaciones que hoy vemos.

Estoy segura de que sus arquitectos originales, Bermúdez, Méndez Guardia y de Roux, deben estar que se revuelcan al ver su hermoso trabajo perdido entre tanta necedad.