deldiariodemama - Las maravillas del sexto piso

Hace unos cuantos añitos ya, cuando mi hijo Juan se graduó de la universidad y regresó a Panamá a trabajar tenía muchos sueños y ganas de hacer cosas entre pecho y espalda. Uno de sus proyectos era el montaje de un estudio de grabación para que su deseo de ser músico tuviera cómo canalizarse.

Tenía un trabajo regular porque de alguna manera debía financiar los equipos y demás chécheres que hacían falta y cuando salía se instalaba en un hueco en el piso tres del edificio en que vivíamos donde sus socios y él trabajaban hasta quién sabe qué horas de la madrugada. Una cosa llevó a la otra y cuando tuvieron local y empezaron a trabajar más de lleno bautizaron el lugar como Piso 3 Studio.

Pasaron los años y mi hijo tomó otros rumbos, pero el nombre me sigue gustando, quizás porque indicaba un destino que iba más allá del punto geográfico. Y digo que me gusta porque así como Piso 3 significaba músicos, desvelos y recompensas hay otros pisos que igualmente van más lejos.

Por ejemplo, se usa la analogía para referirse a la década a la que uno está accediendo en asuntos de edad. Hay quienes no están muy contentos con el piso en que deambulan, sin embargo, yo que estoy justo en la mitad del sexto piso, no tengo queja alguna de este lugar donde vivo desde hace cinco años.

En el sexto piso suceden eventos maravillosos, siendo el primero y quizás el más importante, que uno conoce tantos secretos de la vida que el panorama general se hace mucho más bello. No es lo mismo enfrentar una situación pensando en pajaritos preñados que con el aplomo que dan los años recorridos.

No me gusta generalizar, ya saben que es odioso, porque hay viejos inmaduros y jóvenes maduros, pero hay cierta cantidad de conocimientos que se adquieren casi exclusivamente con la experiencia. Quienes pasan por la vida poniendo atención, generalmente aprenden de sus errores y esto les permite un mejor manejo de cualquier crisis.

Estamos también muy conscientes de las cosas que son importantes frente a las que ni siquiera vale la pena poner en la lista, lo cual disminuye tremendamente el nivel de estrés que causan las tonterías. Por otro lado, quienes se organizaron en los años mozos para tener un colchoncito en los años viejos, se pueden dar ciertos lujos.

No tienen que ser lujos asiáticos ni tienen que costar millones de dólares, pero son cositas que nos podemos regalar. Entre esas la más valiosa, quizás, es disponer de tiempo adicional para los propios asuntos. Llámese llevar a los nietos a pasear o sencillamente tenerlos en casa para contarles historias divertidas. Puede ser tener la flexibilidad para irse a visitar un pueblito del interior cualquier miércoles de la semana, en lugar de tener que ponerse en una fila de cuatro horas para salir de la ciudad.

Sentarse un martes a las dos de la tarde a leer un libro, solo porque uno puede, es una delicia. Saber que se han cultivado unas poquitas amistades incondicionales que serán compañía ─como los maridos─ en las buenas y en las malas y esto porque uno aprendió a ser selectivo hasta con los amores.

¿Ven por dónde va la cosa? Es cierto que nos duelen un par de huesos más que cuando habitábamos en el tercer o cuarto piso, pero nada llega gratis, y si uno sopesa una cosa contra la otra, la verdad es que no tengo queja. Como fui haciendo mientras recorrí los primeros pisos de este edificio llamado vida, caminaré con los ojos abiertos para para ir anotando nuevas enseñanzas que me sirvan para amoblar mejor los pisos que me faltan por recorrer. Espero en esos días por venir tener todavía una paginita para compartir con ustedes así es que ya les contaré.