9000 - Aventuras mar adentro

Todos en mi familia hemos amado el mar desde que tengo uso de razón. Para mi papá, patrullar las costas del Pacífico fue religión, y desde muy niños nos embarcaban en la lancha que estuviese en el momento para acompañarlo en sus aventuras. En ellas sorteamos marejadas y disfrutamos de hermosos días de mar calmo, aprendimos a pescar y a descifrar las direcciones de la brújula, a desconectar y reconectar tanques de gasolina -cuando el combustible viajaba en pequeños recipientes de metal rojos y no en grandes tanques a los lados del bote- y, por supuesto, con gran susto, a quitar y poner “el tapón” mientras la lancha planeaba para que saliera el agua que se había acumulado durante todo un día de ires y venires.

Hasta que tuve, no sé, 22, 23 años, mi vida incluyó fines de semana acuáticos -porque algún día migramos al lago Madden- obligatorios. Y así como en el autocine el jefe pedía root beer y había que tomársela, haciendo así que me gustara la dichosa gaseosa, nuestros días de lanchas nos enseñaron a querer todo lo que a ellas se relaciona.

Más adelante en la vida, cuando empecé a viajar a Chiriquí, tuve la oportunidad de conocer los mares de por allá, y ya fuera que el paseo durara solo un día o se durmiera en las instalaciones que se ofrecían en Coiba y Coibita/Ranchería, siempre se pasaba un buen rato. Pero los viajes a Chiriquí, que a mediados de los 70 eran frecuentes, se fueron haciendo escasos y, salvo en contadas ocasiones, mis incursiones por aquellos mares, igualmente espaciadas, aunque siempre se extrañaban.

Hace unos meses mi marido empezó con la cantaleta de “quiero conocer Coiba”, y ahí dando y dando, finalmente logró organizar un paseo. Aclaro que lo que conocí en los 70 ya no existe, así es que hubo que buscar nuevas alternativas para pasar las noches de antes, durante y después. Así fue como tuve oportunidad de conocer Santa Catalina, destino que reconozco no haber visitado jamás porque como no surfeo, no había visitado nunca. Dado que queríamos pasar dos días en el parque, decidimos pasar la noche en Bahía Honda, ya que las instalaciones del Ministerio de Ambiente no estaban disponibles. Nuestro hospedaje pudo haber estado más limpio, pero como íbamos en plan de chicos exploradores arreglamos lo que pudimos y pasamos una noche divertida.

La joya de la corona fue la visita a las antiguas instalaciones del penal, y aunque solo al campamento uno de los 23 que nos confirmaron que existían se puede acceder, fue una tremenda experiencia. En 2019 cumpliría cien años y, a pesar del abandono y de las inclemencias del mar y el clima, ahí están los edificios sin techo, desafiando el correr del tiempo con un estoicismo indescriptible. El recorrido es agridulce pues sabemos que Coiba no era un club para vacacionar, y confieso que se queda uno con las ganas de hacer el recorrido completo aunque requiera de varios días y un par de machetes para vencer al monte, que se ha ido tragando el resto de las instalaciones.

Regreso con la idea de que ofrecer a los visitantes la oportunidad de conocer mejor ese maravilloso parque sería genial. Sin interferir, claro está, con la vida silvestre y los recursos marinos. Es buscar ese balance tan delicado entre visitantes y recursos naturales. Me llamó la atención que la mayoría de los visitantes son extranjeros, y a pesar de la gran cantidad de botecitos que llegan cargados de gente, no queda un papel mal puesto en esas playas. ¿Podríamos mandarlos a entrenar a los visitantes de Taboga?

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