¡Qué lío esto de hablar de amores! Cada uno tiene en su imaginario qué es el amor y ya saben… imaginarios hay muchos y variados. Pienso que quizás esto se deba a que el amor, como todo, pasa por etapas que van definidas por mil factores: la edad, el lugar, las circunstancias, la moda, lo que piensa el vecino, en fin, es cambiante.
Para muchos un amor bueno es aquel que despierta grandes pasiones y logra que perduren en el tiempo. Puede ser; no hay que restar mérito a la pasión, sin embargo, no puedo evitar pensar que hay que darles valor a los amores cómodos, a pesar de que la palabra, en el caso del amor, muchas veces se confunde con aburrimiento.
No se engañen ni es sinónimo de aburrimiento ni debe confundirse con rutinas sin sal ni pimienta, todo lo contrario. En mi libro el amor cómodo es aquel que te permite hacer críticas sin que nadie se ofenda, inventarse relajos que nadie entiende solo los involucrados, cenar lo que sea y como sea y que cada uno se sirva su propia comida en el momento que se le antoje y que cuando llegue la noche no haya peleas por la temperatura del cuarto, aunque esta sea regulada solo por un abanico. Eso, con respecto a los amores de pareja.
Amores cómodos hay entre toda clase de personajes, no solo marido y mujer (aunque este es probablemente uno de los más importantes), cómodos deben ser también los amores entre padres e hijos, amigos, compañeros de trabajo y el vecino de enfrente.
Por ejemplo, uno debe poder decirles a las personas cercanas “la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad” frente a cualquier consulta. ¿Te gusta mi peinado? ¿Qué te pareció la sopa? ¿Te cayó bien mi novio? ¿Crees que me va a ir bien en este empleo? ¿Quieres correr conmigo la maratón de Boston? Esa es una de las partes más difíciles porque la honestidad no siempre es bien recibida. Y si las relaciones se van a sentir como si uno estuviera caminando sobre cáscaras de huevo, mejor bajarlas de categoría.
Piénsenlo bien, deténganse a elucubrar sobre la comodidad de sus relaciones y hagan una depuración, así como cuando uno hace ´policía´ en la gaveta de las pijamas. Dejen solo aquellas que vale la pena cultivar, las que se beneficiarían de la inversión en tiempo que hay que hacer para mantenerlas sanas, porque ¡ojo! que hay que cuidarlas como a las plantas.
En la juventud uno puede darse el lujo de tener muchos y variados amores, buenos y malos, pero a medida que transcurre el tiempo y se acorta aquel que pasaremos sobre el planeta Tierra es mejor compartirlo con quienes de verdad nos permiten caminar en paz. Y aprovecho para contarles que en ese mismo libro en el que llevo cuenta de mis amores hago anotaciones sobre la felicidad y por más vueltas que le doy al final siempre llego al mismo destino: paz.
* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.
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