9caba24f7255142323d6341f9b5c9652 - Un mal necesario

A veces toca hacer cosas en la vida en contra de nuestra voluntad. Para mí, ahí arribita en la lista, está hacer ejercicios. A menudo escucho gente exaltando las maravillas de hacerlos, pero soy tan sedentaria que puedo decir que si tuviera que correr por mi vida, probablemente me moriría.

Este sentir se remonta a mi infancia. Mi hermana mayor, por el otro lado, siempre ha sido flaca, y no solo eso, sino una maniaca del ejercicio y la alimentación sana. Recuerdo una vez de adolescentes que llegó al cuarto a cambiarse para ir a hacer aeróbicos (sí, antes de pilates, barré, crossfit y bootcamp se estilaban los aeróbicos. ¡Puaj!). “Sarita, deberías venir conmigo”, me dijo, más como una orden que como sugerencia. Yo estaba regada en mi cama, probablemente leyendo Archie’s o Condorito, no lo recuerdo, así que decliné amablemente. “Párate, ¡te hace bien!”, insistió con un poco más de énfasis que la necesaria. “Déjame en paz; ve tú si quieres”, le respondí. No recuerdo bien el orden de los hechos, pero sé que la cosa se desencadenó y casi nos agarramos las greñas, y al escuchar los gritos mi mamá tuvo que intervenir. “¿Qué está pasando?”, preguntó. “¡Karina me quiere obligar a ir a Canadiana!”, le dije indignada. “Pues ve”, me contestó, “te hace bien” (traición en las más altas esferas…).

Siempre he escuchado a gente decir que es difícil empezar a hacer ejercicios, pero una vez que le agarras el ritmo, no puedes dejar de hacerlos. Pues eso es una falacia. He tratado de incursionar en este mundo varias veces y nada. Una vez incluso contraté un instructor para que viniera a entrenarme. Pensé que así me iba a sentir comprometida a levantarme cada mañana para bajar al gimnasio. Eso duró exactamente una clase, en que prestamente pagué el paquete completo como para acabar de sellar el deal. Cuando iba por la clase número 8 le dije al profe, “¡No aguanto más! Le regalo las dos clases que me quedan”. A lo que me contestó “Tu paquete es de 12 clases; no 10”. Le dije  que no me importaba. ¡Se las regalaba igual, para que fuera a torturar a otra persona con cuclillas, estiramientos y pesas!

El año pasado nuevamente me metí en la onda de ejercitarme por eso de estar más saludable. A mis hijos les daba pena las zapatillas con las que me iba (eran un modelo blanco de 1998; me decían que parecían zapatillas de enfermera). Pues todo el tiempo que duró esta nueva racha, llevaba la cuenta de los minutos que faltaban desde el segundo que me montaba en la caminadora. Y déjenme decirles, ¡el tiempo no pasaba! Ni la música ni la tele ni hablar con los vecinos aligeraba el pasar tortuoso del tiempo. Caminaba mil horas, y cuando veía el reloj solo habían transcurrido 42
segundos.

Así que por todo lo vivido, no perfilo que los ejercicios y yo nos hagamos amigos en el futuro inmediato ni próximo.